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Thorstein Veblen


Thorstein Bunde Veblen (1857–1929), el economista estadounidense y teórico social, es quizás  más conocido por su estilo irónico, ese tono en armonía con su vida. En el exterior siguen pensando que Veblen es uno de los cientificos sociales más influyentes de Estados Unidos, pero  en el interior del país no lo es ya. A nivel universitario es prácticamente un desconocido, salvo el eslogan del “consumo visible”.

Nacido en una granja de Wisconsin (en una granja de la frontera del estado), Veblen desarrolló el análisis más comprensivo y pentrante de la sociedad industrial americana de principios del siglo XX. Era Veblen el cuarto varón y sexto hijo de una familia noruega de emigrantes. Su padre, Thomas Veblen, era hombre callado y reacio al trato, de proceder pausado e independiente. Su madre, Kari, era al contrario muy apasionada, cordial y cálida e implantó en su hijo Veblen el gusto por las sagas y leyendas de Islandia y Noruega. No obstante era un niño raro, perezoso, aficionado a leer en la buhardilla más que a realizar sus tareas, veloz para inventar motes y sobrenombres y precozmente listo. Sus prendas eran de confección casera y sus abrigos lo eran de piel de becerro; el café, el azúcar y las camisetas eran bienes superfluos para su estilo de vida. En derredor suyo y en su vecindario solo se hablaba noruego; empezó a aprender el inglés cual si fuera un idioma extranjero y solo hasta el momento de ingresar a la universidad habría de perfeccionarlo. Esto ocurrió cuando Veblen tenía 19 años; la Universidad elegida era Carleton College Academy en Minnesota. Se trataba de que Veblen fuera un clérigo luterano. Pero su personalidad inquisitiva y rebelde era difícil de domeñar y someter a aquel ambiente piadoso. En los ejercicios semanales de declamación Veblen no hacía sermones para convertir a los paganos como sus compañeros, no; Veblen hacía apologías del canibalismo o de depravación en general, en tono científico. Los maestros percibían su talento pero desconfiaban de su sagacidad. Esa era su normalidad en Carleton hasta que se enamoró perdidamente de Ellen Rolfe, sobrina del presidente de la universidad. Intelectualmente la muchacha era muy adelantada: Veblen le leía a ellen obras de Spencer, la volvió agnóstica. Se casaron en 1888, pero la convivencia, siendo normalmente difícil entre dos seres humanos, tenía grandes altibajos por la personalidad solitaria de Veblen, quien tenía un poco de amor para dar y requería de los cuidados de una mujer, pero le daba igual qué mujer le prodigara estos cuidados o mimos.

Terminando sus estudios en Carleton tenía Veblen la intención de seguir una carrera universitaria pero sus tentativas fueron sendos fracasos. fue contratado entonces por la pequeña academia Monona de Wisconsin pero un año más tarde fue cerrada. Hizo su doctorado de filosofía en Yale, en donde se graduó den 1884. Vuelto a casa de una malaria contraída en Baltimore, estuvo en régimen especial varios dias leyendo con fruición de todo lo que caía en sus manos, folletos políticos, economía, sociología, libros de himnos religiosos luteranos o tratados de antropología.

gustaba de esos aislamientos de la sociedad, llegando a verdaderos extremos neuróticos. Andaba por la vida como si viniera de otro planeta y las costumbres de sus semejantes le parecían cosa exótica y extraña. Eran muchos los que le querían y admiraban, pero Veblen no tenía amigos; a nadie llamó familiarmente por el nombre de pila y a ninguna (ni siquiera Ellen) pudo dar amor del todo.

Mientras tanto escribía artículos y buscaba empleo, pero, al no ser doctor en teología, no la tuvo fácil puesto que su ambiente laboral era de colegios religiosos. Al casarse con Ellen, mediando la familia de ella aspiraba a convertirse en economista del ferrocarril de Atchinston, Topeka y Santa Fe, donde el tío de Ellen era presidente pero la compañía quebró ; otros cargos a los que se postuló, le fueron esquivos por su actitud huraña y su agnosticismo. Entonces durante 7 años Veblen se dedicó tan solo a leer…Teniendo 34 años la familia estaba preocupada, motivo por el cual envian a Veblen a la Universidad de Cornell para que continue estudiando y reintentara conseguir un empleo respetable. Allí en Cornell ingresó a estudiar economía, obteniendo una beca en 1891. Su tutor favorito era allí J. Laurence Laughlin, quien un año más tarde se trasladó a la Universidad de Chicago y se llevó consigo a Veblen, con un suelo de 520 dólares anuales. La Universidad de Chicago había sido fundada por Rockefeller y alí el ambiente intelectual era más liberal; el presidente de dicha institución se llamaba por entonces  Rainey Harper.

Veblen escribió su primer libro cuando tenía 42 años, siendo aún profesor ayudante: The Theory of the Leisure Class. Allí Veblen ahondó en el hombre económico y en sus ceremonias y rituales económicos, como un antropólogo minucioso, haciendo un examen implacable a la sociedad. Espetaba Veblen su tesis respecto a que la clase ociosa pregonaba su superioridad por medio del derroche bien visible, disfrutando el proceso. Intentaba Veblen contestar los grandes interrogantes: ¿Cuál es la naturaleza del hombre económico? ¿Cómo construye ese hombre su comunidad de tal forma que exista en ella una clase ociosa? ¿Cuál podría ser el significado económico del ocio mismo?

Halló que la clase ociosa (la productora de riqueza, así lo hiciera por la fuerza o con astucia) se consideraba como honrosa y digna, estigmatizando como lo contrario a los esfuerzos del trabajo. Luego las clases bajas y plebeyas solo querían imitar (gastar y despilfarrar ostentosamente) a quienes consideraban sus superiores. O sea que muy posiblemente nuestro comportamiento económico obedezca más a manifestaciones irracionales que a móviles de sentido común. Y algo más contundente quizás dentro del pensamiento de Veblen: la cohesión social frente a las clases que la componen (la lucha de clases de Marx) se sostiene gracias al esfuerzo de imitación de las clases inferiores por los hábitos de derroche de la clase potentada u ociosa (ya no se trata de destruirlo).

En 1904 Veblen publica otro libro tan polémico como el primero: The Theory of Business Enterprise, donde haría su propia definición del sistema de negocios.

Desde los tiempos de Adam Smith todos los economistas, apostaban a que el capitalista era el impulsor del cuadro económico; para Veblen era tan solo un protagonista importante que no es la fuerza motriz sino el saboteador del sistema. En una sociedad hipnotizada por la máquina, que pretendía funcionar de tal forma acompasada de engranajes y precisión, donde economíaequivalía a producción y producción se equiparaba a un engranaje de la sociedad…se necesitaban técnicos e ingenieros que la sostuviesen funcionando, produciendo mercancías y artículos. ¿Y el hombre de negocios? Pues como al hombre de negocios solo le importaba el dinero y el beneficio, acumular desesperadamente, no tenía ninguna función dentro del esquema, al contrario se confabula contra el mismo tratando de obtener en el choque, réditos para su bolsillo. ¿Sorprendente? No si se tiene en cuenta el tiempo en que vivió Veblen, “la edad de los grandes magnates ladrones” (Ver negocios son negocios ). Estaba implícita en el libro de Veblen una teoría de cambio social donde los días de los magnates estaban contados gracias a su gran enemigos (ni crean que son las clases bajas): la máquina. Porque la máquina crea formas antromórficas de pensar, despojadas de mitos y supersticiones. O sea que la sociedad realmente se divide en técnicos y negociantes, dos clases enfrentadas por su concepción del mundo, la economía y el poder. Como consecuencia los negocios serán cada vez más rapaces, degenerando en un sistema de pura fuerza y privilegios.


Veblen cambió de trabajo. Ahora estaba fichado por Stanford (donde estaba, tuvo muchos líos de faldas). Para 1911 se divorcia de Ellen (entre otras cosas porque no quería ser padre, le abrumaba la posibilidad de serlo) y vuelve a cambiar de empleo, esta vez se marcha a la Universidad de Missouri, donde siguió enseñando y escribiendo críticas mordaces contra la sociedad. Llegada la guerra prestó servicio en la Administración de Productos Alimenticios.

En el año de 1918 marcha a Nueva York, donde seguía escribiendo en revisas y dando conferencias, en espera del mundo donde técnicos e ingenieros dominasen el mundo, él creía que la revolución rusa habría de traerlo. Luego, decepcionado, bajó la guardia al respecto. Regresa a California. Para 1914 vuelve a casarse pero su mujer sufrió de manía persecutoria y fue internada en un sanatorio.

Hasta los 70 años escribió Veblen, luego se desconectó de sus escritos.

Falleció Thorstein Bunde Veblen en 1929, pocos meses antes del gran derrumbe financiero, dejando como última voluntad que su cuerpo fuera quemado, sin ritos ni ceremoniales y que sus cenizas fueran arrojadas al mar.

Veblen se equivocó (Como Marx ) al no contemplar la posibilidad de que el clima de negocios podía cambiar como efectivamente lo hizo, adaptándose al mundo en permanente transformación y ejerciendo roles burocráticos, con responsabilidades dentro del sistema al que Veblen lo enfrentaba. Se equivocaba también, de cierto modo, al creer que un cuerpo de ingenieros podría conseguir que nuestra sociedad funcionara con mayor eficacia y felicidad porque quizás obtuviese lo primero a costas de lo segundo. Pero Veblen fue un gran visionario en tanto pensó que el proceso central de cambio que se nos venía encima era el surgimiento de la ciencia y de la tecnología.


Veblen, Thorstein Bunde (1857–1929).
Thorstein Bunde Veblen, the American economist and social theorist, is perhaps best known for his ironic style, a style that was at one with his life. Although he is still thought of abroad as the most influential American social scientist, among social scientists in America his influence has almost vanished. He is virtually unknown to college students, even if a scattered lot of Veblen’s concepts— most obviously, “conspicuous consumption”—are unwittingly part of their speech and analyses.
Born on a Wisconsin farm, Veblen developed the most comprehensive and penetrating analysis of American industrial society in the early twentieth century. He emphasized qualitative relationships in the historical process, and his aim was an inclusive theory of social change. However, the largest number of those who have walked in Veblen’s footsteps are known for quantitative, essentially unhistorical, often antitheoretical investigations.
Where his followers have not deviated from his work in these ways, they have in another: Veblen called for, if he did not usually practice, dispassionate social analysis; many of his most fervent disciples are also quite fervent in their social analyses.
Like his contemporary, Charles S. Peirce, Veblen was a scholar of great intellectual achievement whose academic career was, at best, undistinguished. He took his doctorate in philosophy at Yale, whence he moved to Cornell to study economics. In a year he moved to the new University of Chicago, where he taught, and he also edited the Journal of Political Economy. Before long acrimony between Veblen and the administration over his academic and social nonconformity developed to a point where the happiest step for all concerned was for Veblen to leave Chicago. That experience, added to by similar ones at his next teaching post at Stanford, prompted Veblen to write one of his most scathing, if also very useful and sound, books: The Higher Learning in America: A Memorandum on the Conduct of Universities by Businessmen (New York, 1918). The original subtitle, abandoned for one reason or another, was “A Study in Total Depravity.”
Stanford and Veblen failed to cement relations, and Veblen drifted to the University of Missouri, where he was sheltered by the eminent economist Herbert Davenport.
Lectures at the New School for Social Research in New York City, and a brief interlude with the federal government, for which he wrote memoranda connected with World War I, ended Veblen’s professional career. The department of economics at Cornell chose to add him to its faculty but that wish was denied by the university administration.Veblen spent his last few years unproductively, in a cabin in the Stanford hills, where he died, embittered against society.
The prime influences on Veblen appear to have been David Hume , Charles Darwin , and Karl Marx—although the influence of each was much transmuted by the mind and the circumstances of Veblen. The skepticism of Hume and the evolutionary approach of Darwin combined with the American scene to impel Veblen to launch a barrage of telling criticism (in essays in The Place of Science in Modern Civilization, New York, 1919) at what he took to be the metaphysical, teleological, and optimistic qualities of Marxian analysis. But Veblen was not so much a critic as an adaptor of Marx, and his own works may be looked at most usefully in that light.
Darwinian concepts aside, the starting point of Veblen’s analysis of society and of social change was fundamentally Marxian. The relationship of tension and change that Marx attributed to the conflict between “the forces of production” and “the mode of production” are present in Veblen’s close equivalents, technology and institutions. For both men this relationship deserves and requires investigation within a framework of history (for Marx) or the genetic process (for Veblen).
But if the starting point for Veblen was the same as that of Marx, it was also there that basic similarities ended. For Marx the nineteenth-century assumptions of rationality went unquestioned, but for Veblen those assumptions were high on the list of matters to be investigated.
As a consequence Veblen believed that a theory of social change required the integration of social psychology (and the psychology of related matters, such as nationalism and patriotism) with economics, politics, and history. Stemming from this is another difference:
For Marx there were “general laws of motion of capitalist society” discoverable by the investigator; for Veblen those general laws had to be so qualified by national and cultural
differences that it was not only plausible but also probable that capitalism would work out differently in different nations. Thus the very general quality of the conclusions to be found in Capital, when compared with Veblen’s differing expectations for capitalism in Great Britain and Germany (in Imperial Germany and the Industrial Revolution, New York, 1915) and in the United
States (in The Theory of Business Enterprise, New York, 1904, and in Absentee Ownership, New York, 1923). The point is illustrated by Veblen’s findings about Japan and Germany, which (with much prescience) he saw as facing very much the same future despite their very different economic histories. For Veblen the decisive factors for the two nations were those making for extreme nationalism and social irrationality, moving them in much the same direction at much the same speed.
There is a final and striking difference between Marx and Veblen. In addition to his role as a social scientist, Marx was a political activist and propagandist, and his scientific writings were integrally connected with his political aims, concerning which Marx was optimistic. Veblen was politically aloof, except for a few periods such as his wartime propagandistic activity, and his role was that of Cassandra. Marx saw the class struggle as the means by which the contradictions between the forces and the mode of production would one day necessarily bring about the desired socialist society. Although Veblen would have found that socialist society less repulsive than the capitalist society he analyzed, his mood was gloomy and his vision apocalyptic, as suggested in one of his better-known but by no means unrepresentative observations in The Instinct of Workmanship (New York, 1914, p. 25): “history records more frequent and more spectacular instances of the triumph of imbecile institutions over life and culture than of peoples who have saved themselves alive out of a desperately precarious institutional situation, such, for instance, as now faces the people of Christendom.” Veblen’s critical energies were spent most persistently in attacking the business system and nationalism, in that order. But he reserved his most savage wit for organized religion, which he considered a special—and the most successful—form of salesmanship , manned by mental defectives whose business it is “to promise everything and deliver nothing.”

- [Fuente Original]

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...por Redacción


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