A mediados del siglo XIX el panorama que asola el globo terráqueo se tiñe de un color verde como el dinero.
El capitalismo ha hecho su agosto en las regiones más occidentales alzando el triunfo de un nuevo tipo de sociedad que descansa en las sólidas bases de la burguesía, de un desarrollo económico que radica en la empresa privada competitiva y en el éxito de comprarlo todo en el mercado; y de un acelerado avance material y moral que descansa principalmente en el racionalismo, las ciencias, el progreso y el liberalismo.
Ante esta situación no es nada fácil mantenerse ajeno y aunque todo un pueblo haya vivido dentro de una burbuja, en este momento la constante presión del capitalismo por lograr penetrar en sus economías, doblegan a los gobiernos a una pronta decisión eligiendo entre una resistencia de sus tradiciones y modos de vida o un proceso que no será menos traumático en la inevitable “modernización”.
A medida que el capitalismo ampliaba su marco de influencia más difícil se le hacía para una de las naciones más importantes de Asia, la lucha por su supervivencia pero el final estaba ya cerca, la revolución Meiji desencadenaría la occidentalización de uno de los imperios más emblemáticos de la Historia de oriente.
Mutsuhito, el Emperador Meiji, fue el soberano que ocupó el puesto número 122 en el trono de Japón. Nació en 1852, cuando Japón no era más que un país aislado, preindustrial, feudal y profundamente tradicionalista debido a que había sido dominado por el shogunato Tokugawa y los daimyos (señores feudales). Su reinado duraría desde los años 1867 hasta 1912 y se caracterizó por el profundo cambio que desencadenó su agresiva política basada en sus enormes deseos por adaptarse a los nuevos tiempos ya que era portador de la idea de que Occidente contaba con la clave del éxito y, por lo tanto, había que imitarlo.
Hasta la fecha la cada vez más difícil defensa de la independencia del país, frente a la presión de las potencias extranjeras, no llevaba más que a un cada vez más cercano enfrentamiento con las potencias de Occidente y sus terribles consecuencias. Para estas poderosas potencias Japón no era más que otra nación oriental ya que compartía, como es el caso de la malograda China tras la primera Guerra del Opio (1839-1842), su atraso económico y su inferioridad militar. Pero fue realmente el creciente protagonismo de EEUU en el Pacífico el motivo desencadenante que hizo que Japón pasara a contemplarse como un mercado prometedor para ojos occidentales y, para aquellos ojos rasgados, el momento de poner en marcha una transformación del estado dando la bienvenida a la modernidad. Tal era el calibre de la transformación impulsada por el emperador Meiji que no pudo evitar, a pesar del apoyo de todos los samurais (nobles jóvenes), que la revolucionaria política del emperador llevase de la mano un complicado proceso revolucionario.
Lo que ha pasado a denominarse como la Revolución Meiji (1868) actuó como motor propagador de unas rápidas y radicales reformas. En primer lugar, estableció la capital imperial en Tokio donde anunció su propósito de acabar con el régimen feudal, éstas se llevaron a cabo “desde arriba”; centralizó el poder en la figura del soberano con el traspaso del poder estatal del shogun en el emperador; creó el ejército de leva y se estableció un sistema de educación nacional; también decretó la separación del sintoísmo y del budismo apoyándose en las creencias Shinto de tal forma que llegó a relacionar a la propia familia imperial con los dioses y los ancestros nipones. En la práctica, los japoneses eligieron una pizca de cada modelo de estado occidental, con respecto al modelo británico, éste sirvió como pauta a seguir en el desarrollo del ferrocarril, el telégrafo, las obras públicas, la industria textil, y muchos de los métodos de negocio; el patrón francés inspiró la reforma legal y la reforma del ejército. En el ámbito educativo las universidades alemanas y norteamericanas parecían tener el sistema más adecuado al igual que en otras materias como eran la innovación agrícola y el correo. Todas estas intenciones modernizadoras y aperturistas quedaron reflejadas en la Carta de los Cinco Artículos de 1868.
A la hora de sumergirnos aún más en el tema de la Revolución Meiji observamos como ésta también es un proceso donde convergen tanto la evolución interior como las influencias exteriores de un forma verdaderamente sorprendente, a la vez que traumática y problemática. No todos eran partícipes de las revolucionarias medidas y en el transcurso de la modelación de un estado nipón moderno se produce un proceso político económico y social que duraría hasta diez años de disturbios y revueltas agrarias provinciales.
Somos muchos los que compartimos la idea de que, a pesar de la personalidad introvertida que parecía poseer el joven emperador, su testarudez y su indulgencia en la toma de decisiones o su magnífica conducción de Japón hacia la modernización del aparato del estado y a la unidad nacional; superó en creces la mala fama que se hacía de su carácter, es más, no nos extraña que muchos historiadores hayan denominado esta etapa Meiji como la del gobierno iluminado. Con el paso del tiempo se alzó una fuerte reacción contra la occidentalización sistémica y el modelo liberal, no es más que la reacción neotradicionalista que virtualmente inventó una nueva religión centrada en el culto al emperador: el sintoísmo. La respuesta no se hizo esperar y en el año 1889 se crea otra constitución en la que se combina el neotradicionalismo y modernización.
Tras la Restauración y a medida que iba pacificando los focos incontenibles de aquellos que se resistían, el gobierno Meiji dedicó sus fuerzas a, por un lado, la decisión de fortalecer el ejército de forma que se lograse desarrollar un poderío militar que le permitiera a Japón equipararse con Occidente (causa de la participación de Japón en la Segunda Guerra Mundial); y, por otro lado, el desarrollo económico tan exitoso que ha llevado al país a ser una de las potencias más poderosas.
1912 se presenta como la fecha fatídica para el impulsor del nuevo modelo nipón, el objetivo parecía estar concluido ya que Japón había pasado por una revolución política, social e industrial convirtiéndose en una de las grandes potencias en la escena mundial.
Queremos destacar el hecho de que quizás una de las obras más grandes del emperador fue el encontrar la forma de abrazar la modernización conservando las tradiciones más ancestrales y características de la cultura nipona. A día de hoy la mayor parte de la población nipona ha sido educada en el código ético que sigue siendo en gran parte confuciano y, a su vez, conviviendo con autores como Shakespeare, o Tolstoi.

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