Marginados sociales, bribones, maleantes y delincuentes. Ésa era la clase de hombres que conformaban las tripulaciones de los barcos piratas.
Pero al mismo tiempo, también eran hombres duros, intrépidos y valerosos, para los que la conquista del botín o el abordaje de un navío enemigo constituía su objetivo prioritario.
La piratería como actividad, existe desde tiempos remotos, baste simplemente recordar aquí los quebraderos de cabeza que en determinados momentos de su historia, causaron a Roma los piratas cilicios, o más recientemente en el tiempo y en el espacio, los daños provocados por los piratas de berbería en las costas de la peninsula ibérica. En definitiva, la piratería como fenómeno basado en el contrabando de mercancías y en el robo y saqueo de los buques y puntos que transportan y almacenan estas mercancías es una práctica tan antigua y habitual como la propia existencia del comercio legal. Sin embargo, de todos los diversos tipos de piratas y piratería existentes, hay unos que son los que en primer lugar vienen a nuestra memoria al oír el término de “piratas”. Nos estamos refiriendo a los legendarios piratas del Caribe.
Su fama obedecía a varias y diferentes razones. En primer lugar, podemos aludir aquí al indiscutible hecho de que la actividad pirata caribeña era mucho más exhaustiva y estaba mejor organizada, probablemente que cualquier otra que haya existido. Entre otras cosas, porque pese a la imagen de aventureros rebeldes e independientes que rodeaba a este colectivo, lo cierto es que en sus primeros tiempos contaban con el beneplácito de las potencias rivales de la Monarquía Hispánica, especialmente de Francia e Inglaterra, que no dudarían en prestar todo tipo de apoyo a la actividad corsaria. El motivo era, como es lógico, dificultar el comercio entre la metrópoli peninsular y sus colonias americanas, en un momento en el que las potencias anteriormente citadas, aún no tenían una presencia destacada en la zona, de hecho, cuando el Gobierno de la Reina de Inglaterra y los otros gobiernos comenzaron a obtener su cuota de poder en el Nuevo Mundo, prescindieron de los servicios de los filibusteros, llegando incluso al enfrentamiento. Pero hasta llegar a esa situación, pasó mucho tiempo, aproximadamente, 75 años, correspondientes a los tres últimos cuartos del siglo XVII. Durante toda esta prolongada etapa, los bucaneros y filibusteros de Isla Tortuga, salían de su rocoso asentamiento caribeño, para perseguir a los navíos mercantes que cubrían la ruta entre España y América. Efectivamente, la mítica Isla Tortuga, se convirtió en refugio y lugar de asentamiento de bucaneros y filibusteros, distinción que no es baladí, ya que tienen orígenes diferentes, tal como explica el profesor Martínez García.
En el caso de los filibusteros, debemos aclarar que se trataba de gentes que tenían como principal actividad lucrativa razias de escasa envergadura contra las posesiones españolas, de ahí que los holandeses los denominaran “captores de botín”, concepto para el que el francés emplea la palabra filibustier, que pasa a ser filibustero en castellano. En cuanto a los bucaneros, podemos decir que su nombre proviene de la palabra indígena boucan, con la que se hacía referencia al sitio y al hecho de secar pedazos de carne del ganado cimarrón, de lo que se infiere que estos bucaneros de ascendencia mayoritariamente gala y asentados en el norte de La Española, eran cazadores de este ganado del que no sólo obtenían alimento, sino también útiles y vestimenta.
En un momento dado las autoridades españolas lanzaron una campaña contra los bucaneros, a los que no les permitían seguir con su estilo de vida y los forzaron a abandonar las sierras y las junglas. Esta decisión tendría unas repercusiones terribles, ya que los bucaneros buscaron refugio en Isla Tortuga, donde se unieron a los filibusteros en sus, hasta ese momento, limitadas correrías. Pero este encuentro supuso que las notables habilidades náuticas de los primeros residentes de Tortuga, iban a estar acompañadas a partir de ese momento, de la certera puntería de los antiguos cazadores de La Española, dando como resultado una combinación letal para los intereses de Madrid. De hecho, esta unión dio como resultado la “institucionalización” de la piratería caribeña, al formarse una asociación conocida por el nombre de “Hermanos de la Costa”, que tenía a la ya mencionada Isla Tortuga como base principal de sus operaciones. Por este motivo la rocosa isla caribeña se convirtió en un cosmopolita polo de atracción de rufianes y bribones. No obstante, la existencia de una comunidad pirata de este tipo no implica en modo alguno la ausencia de organización, es más, “La Hermandad” disponía de un estricto código mediante el que regulaba sus propios asuntos.
Todos los miembros que formaban parte de esta organización, acataban de forma escrupulosamente rigurosa, los veredictos y las decisiones de la máxima autoridad de Isla Tortuga. Esta suprema autoridad era un consejo formado por los más veteranos piratas. Por lo demás, cabe decir que todos tenían los mismos derechos, aunque evidentemente, como es de suponer, el rango jerárquico se respetaba tanto a la hora de realizar las tareas cotidianas a bordo de los buques, como en el momento de repartir el botín, donde la autoridad del capitán era indiscutible, y se beneficiaba de una mayor porción. Por otra parte, esto no significaba que el capitán estuviera exento de acatar las normas de la piratería o que gozara de una especie de inmunidad, nada mas lejos de la realidad. Lo cierto es que, además, en el estricto código de justicia corsario, al capitán se le reservaba un tipo de tortura específica. Se trataba de que la tripulación, agujereara el cuerpo del capitán con una aguja de coser velas, y cuando comenzaba a sangrar, se le introducía en un barril lleno de cucarachas , donde le aguardaba su trágico final.
La variedad de castigo y torturas para los traidores o, simplemente para los que contravenían el código era amplísima y podían ir desde el abandono del traidor en una isla desierta, con solo una cantimplora de agua, hasta su desmembramiento al ser atravesado por la quilla del barco. Como podemos observar, todo estaba regulado, tanto los castigos, como el reparto del botín. Ello era posible porque estos corsarios, al enrolarse en los buques piratas, debían prestar un juramento por el que acataban la reglamentación de a bordo. Todo ello en una pomposa ceremonia en la que no faltaban, como testigos mudos, una botella de ron y un crucifijo. Este reglamento, que era bastante extenso, también estipulaba la compensación que debía recibir un marino en caso de amputación o pérdida de un órgano o extremidad, así como las horas y los lugares en las que estaba permitido beber y se fijaba la prohibición de aceptar como miembros de la tripulación a jóvenes o mujeres. Aunque en Isla Tortuga sí había mujeres, mayoritariamente esclavas y de raza negra.
Con el tiempo también comenzaron a llegar mujeres blancas, que eran en su mayor parte meretrices o tenían delitos de sangre. De todos modos, el papel de las mujeres en Tortuga no se limitaba simplemente a ser las concubinas de esta manada de indeseables, sino que algunas llegaban a convertirse en terribles piratas, que dirigieron su propia embarcación y su propia tripulación sembrando el pánico en el Caribe, como es el caso de Ann Bonny y (¿) y Mary Reed, que llegaron a ser compañeras de navío.
El caso es que los continuos ataques de los piratas forzaron a la Monarquía Hispánica a tomar medidas, tales como el sistema de flota o la fortificación de los principales puertos, aunque ello no fue obstáculo para que muchas de estas plazas fueran también saqueadas a manos de piratas como Michel le Basque o Walter Raleigh, aunque sin duda el mas famoso corsario fue Francis Drake, elevado a categoría de héroe nacional por parte de los británicos.
Cuando la crisis que atravesaba la metrópoli ibérica se agudizó, el control que ejercía sobre el Nuevo Mundo ser resquebrajó, con lo que las otras potencias aprovecharon para aumentar su presencia y dominios en América. Esta nueva situación provocó que los piratas perdieran apoyos y ganaran nuevos enemigos, con lo que comenzó su imparable declive. A principios del siglo XVIII, Isla Tortuga se hallaba en decadencia y sus antiguos residentes se esparcieron por el Caribe, en las Antillas y las Bermudas principalmente.

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Es curioso, pero lo relacionado con el mundo de la piratería de mares lejanos guarda un romanticismo especial con sabor a ron, islas paradisiacas y tesoros ocultos por descubrir. Me ha gustado el documento. Enhorabuena.
Los piratas en el Caribe vivían la vida al máximo. Una vida de corsario entregado a la búsqueda de botines y saqueos.
No olvidéis que todavía existen muchos tesoros de piratas ocultos en el Caribe y en otras partes del mundo.