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Los Antibióticos: Grandes aliados

La historia de los antibióticos está encabezada por el nacimiento de la penicilina de la mano de Fleming, a comienzos del siglo XX.

Gracias a la aparición de los medicamentos se solventaron algunas enfermedades mortales en la época como la tuberculosis, neumonía o la septicemia.

Los antibióticos no fueron conocidos de manera científica hasta el año 1928, pero la utilización de compuestos para combatir las infecciones ya se conocía desde la antigüedad. El origen reside en la utilización de las plantas medicinales que fueron el remedio de muchas enfermedades durante siglos. El primer descubrimiento de lo que ahora se conoce como antibióticos tuvo lugar en el siglo XIX por Louis Pasteur, un químico francés que descubrió que algunas bacterias saprofíticas podían eliminar gérmenes del carbunco (conocido como ántrax). Siguiendo este procedimiento, un bacteriólogo alemán, Rudolf von Emmerich, logró extraer una sustancia capaz de destruir los gérmenes del cólera y la difteria en el año 1990. Pero, a pesar de que estos expertos habían logrado un gran avance en la ciencia, no era suficiente porque sus experimentos no eran eficaces para paliar las enfermedades.

Entre 1900 y 1920 Paul Ehrlich experimentó con compuestos orgánicos con capacidad para atacar de forma selectiva a los microorganismos infecciosos sin afectar negativamente al organismo de las personas. Estos ensayos propiciaron el desarrollo del salvarsán (compuesto químico de arsénico con acción selectiva frente a las espiroquetas, que son bacterias responsables de la aparición de la sífilis). Este tratamiento fue el único capaz de curar la sífilis en la época hasta que la penicilina hizo su aparición como agente terapéutico en los años 40. Alexander Fleming, que descubrió la penicilina, hizo también experimentos en la segunda década del siglo XX y en ellos encontró una sustancia (lisozima) que se encontraba en ciertas secreciones del cuerpo tales como lágrimas o sudor, y en algunas plantas y sustancias animales. La lisozima tenía un alto componente antimicrobiano frente a bacterias no patógenas. Pero el elemento principal fue el descubrimiento de la penicilina en el año 1928. Esta sustancia era un derivado del hongo Penicilium notatum y se demostró su efectividad contra algunas bacterias como las de la gonorrea, la meningitis o la septicemia. Así se progresó en la ciencia y a partir de este descubrimiento accidental de Fleming se desarrollaron compuestos antibacterianos compuestos por organismos vivos. Doce años más tarde, en 1940, se comenzó a utilizar la penicilina en los seres humanos, de la mano de Howard Florey y Ernst Chain.

Todas las bacterias contenidas en elementos naturales fueron examinadas para después darle una utilidad sanadora. Así René Dubos aísla la tirotricina extraída de ciertas bacterias contenidas en el suelo en 1939 y se utiliza como antibiótico en enfermedades humanas. Su utilización era extremadamente tóxica, por ello se usó para infecciones externas. Pero la tirotricina no es la única sustancia que se extrajo de las bacterias del suelo, sino que los actinomicetos también fueron utilizados y se comprobó que su efectividad era mucho más elevada. De esta sustancia se deriva la estreptomicina, descubierta en 1944 por Selman Waksman y que se utilizó para combatir enfermedades infecciosas tales como la tuberculosis (patología que la penicilina no podía curar).

Los antibióticos fueron tomando más presencia en la sociedad hasta el punto de cambiar radicalmente el mundo de las enfermedades. Sobre todo supuso una revolución ya que las enfermedades eran la primera causa de mortandad en los países; así sucedió en la primera mitad del siglo XX con la tuberculosis, la neumonía o la septicemia. También tuvieron gran presencia en el mundo de la cirugía, donde se empezaron a hacer operaciones con gran duración y sin miedo a sufrir ninguna infección. Otra de sus utilizaciones sigue siendo el tratamiento y prevención de infecciones por protozoos u hongos, especialmente la malaria, aunque en muchos campos de la ciencia, tales como la odontología tienen gran presencia ante la aparición de infecciones en la zona bucal. Pero aún quedan muchas investigaciones por hacer para lograr la cura de algunas enfermedades que acechan en la actualidad tales como la varicela o el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Los antibióticos pronto fueron clasificados y se distinguen tres clases: la más habitual que los agrupa en función de su mecanismo de acción frente a organismos infecciosos, en función de las bacterias contra las que son eficaces y en función de su estructura química.

Dentro de las tipologías el grupo más antiguo y seguro de antibióticos son las penicilinas. Éstas impiden la formación de la pared celular y hay cuatro clasificaciones: penicilinas G, amplicina y derivados, resistentes a la penicilinasa y las antipseudomonas. La ampicilina y la amoxicilina (más conocida) actúan de forma similar a la penicilina G, sólo que tienen mayor acción incluyendo a las bacterias gram-negativas. Por su lado, las ampicilinas son eficaces frente a la fiebre, bronquitis, infecciones del sistema urinario, la neumonía, meningitis o la bacteriemia. Aunque tienen contraindicaciones y efectos secundarios (no suelen ser frecuentes) como la hipersensibilidad inmediata o retardada, aparición de granos, fiebre y shock anafiláctico. La ampicilina tiene menos reacciones adversas pero puede producir náuseas, vómitos y diarreas. Para evitar estos afectos, la utilización de antibióticos se debe hacer con receta médica debido a que cada persona es diferente de otra y puede que la penicilina le produzca efectos negativos o, directamente, que el fármaco no le haga efecto. Uno de los principales motivos de esta reacción es la inactivación del antibiótico (mecanismo de defensa más frecuente frente a la penicilina y el cloranfenicol). Esta resistencia se transmite a través de los genes de la bacteria o de unas bacterias a otras a través de plásmidos (fragmentos que contienen una pequeña cantidad de genes). Así una bacteria se une a otra de forma transitoria, transmitiéndose los plásmidos. Si una bacteria recibe dos plásmidos estos se pueden unir en uno único. Esta resistencia se puede ir transmitiendo a otra bacteria y así sucesivamente hasta lograr un efecto que repela los antibióticos. La utilización de estas sustancias se ha acrecentado de forma profiláctica, es decir, antes de que aparezca la infección. Así el problema de las resistencias se ve agravado, pues algunas enfermedades comunes como catarros y otras infecciones se intentan combatir con antibióticos administrados de forma inadecuada y ello permite el desarrollo de bacterias resistentes, de las que hablábamos anteriormente.

En 1970 la tuberculosis ya casi estaba controlada gracias a los antibióticos en los países desarrollados, aunque seguía siendo una enfermedad peligrosa. Actualmente su presencia está en aumento, pues algunas bacterias de la tuberculosis están presentes en los antibióticos. Algunas bacterias (cepas de estafilococo) son resistentes a casi todos los antibióticos y las infecciones no responden ante ningún tratamiento. Cuando una cepa aparece en un lugar es necesario cerrarlo para que la enfermedad no se transmita a otros lugares, lo mismo que ocurre con el plasmodio (responsable de la malaria o el paludismo). Dado que estas enfermedades son resistentes a los antibióticos se van propagando hasta el punto de convertirse en las enfermedades más frecuentes en los países subdesarrollados. El paludismo y la malaria, por tanto, están aumentando en zonas de África, Oriente Próximo, Asia y Sudamérica.

Los antibióticos han supuesto una gran revolución en el seno de las enfermedades del siglo XX, pero aún queda mucho por descubrir.

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