La longitud y la latitud son coordenadas que permiten a los geógrafos y navegantes el localizar un punto sobre la superficie terrestre y en la actualidad la determinación de dichas coordenadas terrestres no supone ningún problema. Pero no siempre fue asÃ.
La latitud, basada en el ecuador celeste, es conocida desde la más remota antigüedad; sin embargo la longitud tiene un origen bastante más reciente y, dado que no era un parámetro relacionado con la astronomÃa sino una creación humana, fue mucho más difÃcil de establecer. Los diferentes fenómenos cósmicos como la sucesión del dÃa y la noche, las estaciones, las fases lunares, eclipses, etc. dieron lugar a la aparición de la ciencia astronómica hace miles de años. Claudio Ptolomeo fue uno de sus más célebres representantes y su contribución a la geografÃa fue inestimable. Legó a la posteridad una colección de mapas de valor incalculable en los que establecÃa como referencia el Ecuador terrestre para calcular la latitud. Los otros paralelos no fueron elegidos de manera arbitraria sino basándose en los cálculos y las observaciones de los cuerpos celestes; asÃ, se establecieron los trópicos de Cáncer y Capricornio y los cÃrculos polares.
Pero el uso de ambas coordinadas para establecer la posición de un punto no fue ni mucho menos simultánea en el tiempo. La latitud viene a ser la elevación del polo celeste sobre el horizonte del observador y el instrumento que medÃa esa altura angular era el astrolabio, ideado por el mismo Ptolomeo y mejorado por árabes y portugueses. Ya en el siglo XVIII aparecerÃa el octante que posibilitarÃa mediciones más precisas. En el hemisferio norte los navegantes se ayudaban para localizar su posición de la estrella Polar, que señala el norte celeste; en el hemisferio austral era la Cruz del Sur la que desempeñaba ese papel.
Solucionado pues el problema de la latitud quedaba el de la otra coordenada, la longitud, que tardarÃa muchos más siglos en precisarse. La brújula, introducida en Europa en la Edad Media, constituÃa un instrumento de gran ayuda pero pese a eso la longitud era sólo posible calcularla de manera aproximada, tomando como referencia el puerto del que se zarpaba. Los vientos, corrientes marinas y otros factores hacÃan que dicho cálculo resultase muy poco preciso y fueron numerosos los episodios desastrosos que acabaron con el hundimiento de barcos y la pérdida de vidas humanas.
A lo largo del siglo XVII se comenzaron a hacer esfuerzos serios por hallar una solución al problema, se crearon observatorios astronómicos, numerosos cientÃficos de dedicaron a la búsqueda e incluso los monarcas ingleses y franceses se interesaron personalmente por el asunto. La vÃa de investigación partió de la diferencia horaria entre dos puntos separados en longitud. La tierra tarda 24 horas en realizar un giro completo sobre sà misma, lo que supone 360º, asà que se pudo deducir que 1 hora equivalÃa a 15º o que 1′ correspondÃa a 4 segundos de tiempo. Pero en la época no se disponÃa de instrumentos adecuados para medir el tiempo con la precisión necesaria. Recordemos que los relojes usados en la época eran de péndulo (aparte de los de sol o arena), que eran inoperantes a bordo de una nave sometida a movimiento, vibraciones y cambios varios.
El Parlamento británico designó entonces un “Comité de Longitud” y en 1714 solicitó la cooperación de hombres de ciencia, entre los que se encontraban Isaac Newton y Edmund Halley. Se llegó incluso a establecer un premio de varias decenas de miles de libras esterlinas a quien fuese capaz de arrojar luz sobre el asunto. Se presentaron soluciones que recurrÃan tanto a la astronomÃa como a las teorÃas del horario. Newton apostó por la primera basándose en la distancia lunar, Jeremias Tacker presentó un nuevo tipo de reloj contenido en una caja al vacÃo con un sistema de doble cuerda que, sin embargo, resultó ser sensible a la temperatura y hubo de ser desechado.
El problema de la exactitud se resolvió de la mano de John Harrison, que inventó una serie de cronómetros libres de oxidación y a los que no afectaban las variaciones climáticas. Pese a la furibunda oposición de Isaac Newton y de otros cientÃficos, que no le consideraban digno del premio, Harrison se llevó la ansiada recompensa porque sus relojes cumplÃan todas las condiciones de precisión del certamen. A partir de aquel momento todas las naves de investigación cartográfica llevaron a bordo varios de estos cronómetros, de cuya exactitud dan fe las cartas náuticas de la época.
El siguiente paso fue el establecimiento de un meridiano a partir del cual poder calcular de manera precisa el tiempo en cada parte del planeta. Sin embargo fijar un meridiano cero para establecer la longitud resultaba más complicado porque no habÃa base astronómica para hacerlo. Dado que podÃa elegirse cualquiera lÃnea que pasase por los polos se optó por una que cruzaba Canarias, de manera que el primer meridiano fue el que pasó por Orchilla, en la isla de El Hierro, que aún hoy es conocida como la isla del meridiano. Después hubo otras propuestas hasta que finalmente en 1911 el meridiano que atraviesa el Old Royal Observatory de Greenwich pasó a ser la referencia mundial para calcular la hora universal. A partir de esa lÃnea, hacia el Este y el Oeste, se establecieron lo 24 husos horarios de 15º cada uno, delimitando franjas horarias de 1 hora.
Hoy dÃa disponemos de complejos sistemas de posicionamiento G.P.S. (Global Positioning System), satélites con relojes nucleares, etc., que son capaces de una exactitud sin precedentes; sin embargo no debemos olvidar nunca a todos esos personajes que atravesaron tierras y surcaron mares con métodos precarios y a los que durante siglos aportaron soluciones para conseguir mejorarlos.

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