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Las Guerras Numantinas II: “Hispania, la tierra de las oportunidades”


Guerrero ibero
Apostado en una roca de la llanura de Zama, Aníbal contemplaba la retirada de los restos de su ejército que huía hacia Cartago. Había muchos que no se retiraban. 20.000 cartagineses y mercenarios extranjeros yacían muertos tras el combate contra el ejército que el general romano Escipión había dirigido de forma brillante. La batalla de Zama fue un golpe mortal para Cartago que dejaba de ser una amenaza para Roma y se convertía en un simple problema puntual.
A pesar de la derrota aún quedaban cartagineses dispuestos a desquitarse. El propio Aníbal lo intentó cuando ejerció el cargo político de sufete de Cartago. Utilizó su poder para reconstruir el potencial militar de Cartago y cumplir así el juramento que hizo en el templo de Heracles-Melkart en Gades: odio y guerra eterna contra Roma. Pero los romanos no bajaban la guardia ni lo harían mientras que Aníbal estuviera vivo. La Segunda Guerra Púnica fue una dura prueba para la república romana que no permitiría de nuevo la amenaza cartaginesa en el Mediterráneo occidental. Para ello Roma intervino en la política interior cartaginesa, sobornando a sus dirigentes y apoyando todo tipo de conspiraciones y conjuras contra Aníbal para frustrar todos sus planes. Cuando el general cartaginés comprobó el enorme poder de Roma dentro y fuera de Cartago, abandonó su cargo político y dejó su patria para siempre.
Aníbal era ya un hombre de cierta edad que había pasado por múltiples penalidades físicas y emocionales a lo largo de muchos años de guerra. Soportó la amargura de ver como su gran proyecto vital, la destrucción de Roma, provocó el efecto contrario: el incremento del poder político, económico y militar de los romanos. Se acercaba a su declive físico y vital pero seguía decidido a ser consecuente con la vida que había llevado. Buscaría nuevos horizontes de futuro que cumpliesen su única expectativa: la guerra contra los romanos. Tenía talento, experiencia, odio hacia Roma y la coyuntura política le favorecía de nuevo. Una vez vencida Cartago Roma puso sus ojos en el Mediterráneo oriental que estaba lleno de reinos creados a partir de los restos del imperio que Alejandro Magno creó a mediados del siglo IV a. C. Estos reinos se repartían por Grecia, la actual Turquía, Oriente Medio y Egipto y han pasado a la Historia bajo la denominación de reinos helenísticos. Mientras estos reinos estuviesen amenazados por el poderío romano, a un individuo como Aníbal no le faltarían ofertas de trabajo. Durante varios años el general cartaginés fue de reino en reino ofreciendo su asesoramiento militar allá donde hubiera una guerra contra Roma.
Cierto día del año 183 a. C. Aníbal descansaba en los alojamientos que el rey de Bitinia, Prusias, había dispuesto para él en la costa de Libisa. Bitinia estaba en guerra contra Pérgamo, cuyo rey Eumenes era aliado de Roma. El rey de Bitinia contrató a Aníbal para luchar contra Pérgamo y contra los romanos, pero la guerra había terminado en un acuerdo de paz y una de las condiciones de esa paz era la entrega de Aníbal a Roma. En ese mismo día del año 183 a. C., el general romano Tito Quintio Flaminio marchaba hacia Libisa para capturar al mítico Aníbal, el enemigo más peligroso que jamás tuvo Roma.
Aníbal estaba informado de la traición de Prusias y sabía que los soldados del rey de Bitinia ya no le protegían, sino que le vigilaban hasta que llegaran los romanos. Se asomó a la ventana y sintió la calidez del sol en su rostro. Por un momento viajó con la mente hacia Gades al templo de Melkart y vio a su padre, el gran Amilcar Barca obligándole a prestar el juramento de odio eterno a Roma. Así había empezado todo ya hora era el momento de finalizar. Sabía que los romanos le odiaban tanto como él les odiaba a ellos y que le perseguirían siempre porque temían mucho a aquel anciano que durante años saqueó Italia y llevó la muerte hasta las mismas murallas de Roma. Aníbal se acercó hasta la mesa y cogió un recipiente lleno de veneno. Antes de beberlo pronunció unas palabras: “Acabemos con la vida de este viejo al que tanto teme Roma”. Y se suicidó.
¿Por qué Aníbal fue a Oriente? La respuesta es clara: el general cartaginés quería cumplir su juramento contra Roma y sólo en Oriente encontraría enemigos de los romanos que quisieran contar con sus servicios. Sin duda los encontró pero se equivocó parcialmente porque a pesar de la derrota de Cartago, Roma siguió teniendo enemigos en occidente y algunos de ellos fueron tan duros como el propio Aníbal.
Cuando concluyó la Segunda Guerra Púnica y quedó claro que Cartago pasaría mucho tiempo lamiéndose las heridas, el Senado romano valoró la posibilidad de permanecer en Hispania o retirarse del territorio. Los romanos habían venido a Hispania obligados por las necesidades militares impuestas en la guerra contra Cartago. Al concluir la guerra aquellas necesidades desaparecieron. Pero Hispania era un territorio que podía ofrecer oportunidades aún desconocidas, sobre todo para el comercio y la explotación minera. Además Cartago seguía existiendo y Aníbal estaba en activo por lo que no parecía demasiado prudente abandonar el territorio y arriesgarse a que los cartagineses volvieran a intentar una nueva aventura. En los diez años siguientes a la guerra contra Cartago, Roma mantuvo su presencia militar en Hispania sobre todo en los lugares en los que establecieron sus bases durante el conflicto. Cada año un general romano llegaba a la Península Ibérica y administraba las relaciones entre el poder de Roma y los pueblos indígenas; con el rango de cónsules o pretores, los generales firmaban alianzas, cobraban tributos para la república romana, creaban nuevos asentamientos militares e intervenían en los conflictos entre las poblaciones locales intentando obtener el máximo beneficio para Roma y por supuesto para ellos mismos. Realmente en Roma nunca se planificó una conquista, ocupación y explotación sistemática de la Península Ibérica, sino que esta se producía como consecuencia de las distintas guerras entabladas con los indígenas. Cuando los nativos eran exterminados, el terreno quedaba libre y quizás, si el Senado lo autorizaba, se procedía a las labores propias de una colonización Por tanto, la ambición personal de los pretores o cónsules que anualmente eran destinados a Hispania, influía bastante en el desarrollo de las actividades romanas en la península. Si el dirigente romano era lo bastante despiadado y ambicioso, y la mayoría fueron así, éste no dudaba en utilizar su capacidad política y militar para extender el poder romano y conseguir gloria y botín. Después de la guerra contra Cartago Roma tenía un ejército lleno de oficiales deseosos de ganar méritos y dinero y la Península Ibérica, aunque era un destino poco vistoso pues no había grandes reinos por arrasar, permitía satisfacer estas pretensiones sin que el Senado romano se preocupara demasiado por lo que sucedía en aquellos remotos lugares de Occidente. En Hispania los romanos no respetaban más ley que la voluntad de sus generales y casi siempre esta estaba guiada por estímulos bastante criminales.
La primera noticia de actividad militar romana en Hispania para este período nos la aporta Tito Livio, que relató el mandato del cónsul Marco Porcio Catón en 195 a. C. Catón estableció su base en Ampurias y desde allí inició una campaña militar contra las tribus indígenas que hacía tiempo que ya no veían con buenos ojos la presencia de los romanos en sus tierras. El cónsul aprovisionó a sus ejércitos saqueando aldeas sin distinguir entre enemigos o aliados. Después de un año de asesinatos, robos y pillaje Catón regresó a Roma enriquecido y autorizado por el Senado para celebrar un triunfo.
El desorden administrativo y militar de los romanos en Hispania se mantuvo hasta el año 180 a. C., cuando llegaron a la Península Ibérica los pretores Tiberio Sempronio Graco y Lucio Postimio Albino. Ellos fueron los primeros en establecer un sistema para regular las relaciones entre romanos e indígenas. Graco y Albino buscaban la paz con los pueblos celtíberos, pero una paz siempre ventajosa para Roma. Cuando los romanos entraron en conflicto con algún pueblo celtíbero imponían tres condiciones: el pago de un tributo en metales preciosos y suministros, la incorporación de soldados celtíberos al ejército romano y la prohibición de levantar fortificaciones, especialmente murallas. De esta forma Graco y Albino consiguieron riquezas, el incremento del poder de sus ejércitos e impedían que los celtíberos construyeran ciudades amuralladas desde las que resistir. A cambio Roma ofrecía a los indígenas paz y protección frente a cualquier enemigo no romano, algo muy deseado puesto que los celtíberos estaban continuamente en guerra entre sí. Muchos pueblos aceptaron estas condiciones porque temían al poderío militar de Roma después de más de treinta años de encontronazos. Desde su fortaleza de Gracurris, en la actual Aragón, Tiberio Graco estableció una red de tratados y alianzas que abarcaron gran parte de la Celtiberia y pudo regresar a Roma en 178 a. C., habiendo pacificado, al menos en teoría todo el territorio.
Según las fuentes, sobre todo Apiano, las gestiones de Graco y Albino trajeron la paz a Hispania durante veinticinco años. Pero en el año 153 a. C. el pueblo celtíbero de los belos se enfrentó al de los titios y les venció. Roma se abstuvo de participar en el conflicto ya que ambos pueblos firmaron tratados con los romanos en tiempos de Graco; el asunto tomó otro cariz cuando los belos comenzaron a fortificar Segeda, su principal asentamiento y dejaron de pagar tributos a los romanos. En Roma el Senado consideró que los belos habían roto los acuerdos firmados con Graco y que se preparaban para iniciar una guerra contra los romanos y sus aliados. Quizá esto fuera cierto y los belos pretendían ampliar sus dominios a costa de otros celtíberos, aliados de Roma o no. Lo que resulta menos creíble es que este pueblo fuera una amenaza para el poder militar romano en Hispania, como nadie se cree que un cordero sea capaz de devorar a un lobo.
El gran infortunio de los belos era que la loba romana estaba hambrienta ya que desde que finalizó la guerra contra Perseo de Macedonia en 168 a. C. Roma no emprendía ninguna gran campaña militar. Al igual que les ha sucedido a otros imperios a lo largo de la Historia, y Roma ya era un gran imperio a mediados del siglo II a. C., la guerra se convierte en la única actividad que regenera cada día al propio imperio y le permite sobrevivir. El enfrentamiento contra Anibal y los cartagineses setenta años atrás transformó profundamente a la sociedad romana que se militarizó e hizo de la guerra una forma de vivir. En el 153 a. C. Roma ya no iniciaba guerras por necesidades estratégicas o defensivas, no competía contra ninguna otra superpotencia. Roma hacía la guerra por asuntos económicos y políticos de los que participaban los ciudadanos romanos en mayor o menos proporción. Una buena guerra permitía comerciar más, transportar más, cultivar y cosechar más, movilizar a más población, ampliar los territorios bajo dominio romano… En definitiva, un conflicto bélico permitía a los romanos ricos hacerse más ricos y a los romanos pobres les hacía olvidar la miseria en la que vivían.
Los belos de la ciudad de Segeda ofrecieron a Roma el motivo que la cultura militar romana necesitaba para despertar después de quince años de letargo. El Senado organizó seis legiones al mando del cónsul Fulvio Nobilior que aceptó la misión de ir a Hispania para obligar a los belos a someterse, derribar la muralla de Segeda y de paso obtener todo el oro, la plata y los esclavos que fuera posible.
Nobilior contemplaba como sus tropas embarcaban para poner rumbo a Hispania. Estaba feliz. Era cónsul, mandaba un ejército de treinta mil soldados y le habían ofrecido la posibilidad de luchar contra pequeñas tribus bárbaras, indisciplinadas y desorganizadas y, quizá lo más importante, en un lugar tan alejado que la ley romana no llegaba hasta allí. Iba a Hispania, el lugar del que todos regresaban triunfadores. Podría hacer lo que quisiera durante un año, en Hispania la tierra de las oportunidades; tan sólo un año…
Alberto Pozo / Magazine Artepick

- [Fuente Original]








...por Redacción


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