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Las Guerras Numantinas I: “De la Iberia Cartaginesa a la Hispania Romana”


Publio Cornelio Escipion “el africano” museo de napoles
Dieciséis años antes del nacimiento de Cristo, Augusto, emperador de los romanos, autorizó a Marco Vipsanio Agripa, su más preciado general, a celebrar un triunfo por las calles de Roma que conmemorase la victoria obtenida sobre los cántabros y los astures. En realidad Agripa se había incorporado a la acción militar en sus últimas fases, pues la guerra se había convertido en una larguísima campaña militar de diez años. Agripa fue a la cornisa cantábrica a recluir los últimos núcleos de resistencia indígena y a unas de esta forma uno de los fuertes que impedían a Augusto abrazar la tan ansiada Pax Romana.
A pesar de la victoria, del generoso ofrecimiento de gloria y triunfo por parte de Augusto, Marco Agripa rechazó el honor y la celebración. Las tribus rebeldes fueron sometidas y esclavizadas y la zona norte de la Península Ibérica quedaba pacificada para siempre; todos los objetivos propuestos habían sido cumplidos pero Marco Agripa no se sentía vencedor. No era ningún novato en asuntos militares. Había pasado ya de los cuarenta años y desde que era jovencito estaba dedicado a la actividad guerrera. Su maestro fue Julio César y aprendió muy bien porque las victorias llenaban su “expediente”. Pompeyanos, britanos, germanos, el propio Marco Antonio en Actium, fueron derrotados por Agripa y ahora les había tocado el turno a los cántabros. Agripa sabía mucho de la guerra y tenía conciencia de la verdadera dimensión de la campaña cántabra. Durante diez años, la maquinaria militar romana se desgastó en una guerra cruel y cara para obtener el dominio de un territorio agreste, poco productivo y con escasas posibilidades de botín y riqueza. El coste de la victoria había sido altísimo en comparación con los beneficios obtenidos y Agripa, que sabía mucho de la guerra y de las estrategias del poder, era consciente de todo ello. Temeroso de que el Senado y sus enemigos de Roma le reprocharon lo caro de la victoria conseguida en Hispania, Agripa optó por la discreción y el silencio.
Lo que le sucedió a Agripa con los cántabros y los astures no era ninguna novedad en la historia de los romanos en la Península Ibérica. Otros líderes militares romanos habían experimentado lo mismo a lo largo de los doscientos años que Roma tardó en someter militarmente a las tribus indígenas de la Península. Vencer en Hipania era posible, costoso y difícil porque las tribus indígenas cobraban un alto precio en dinero, suministros y sangre. La dureza de las campañas militares en Hispania acabó provocando graves desajustes políticos, militares y sociales en la propia Roma. Para cualquier militar romano, desde el legionario hasta el procónsul, Hispania era un territorio virgen que ofrecía alguna oportunidad de gloria y riqueza y muchas posibilidades de fracaso y muerte.
Todo comenzó en el año 218 a.C. cuando el general cartaginés Aníbal Barca atacó la ciudad íbera de Sagunto en la costa oriental peninsular. Aníbal sabía que Sagunto tenía una alianza con Roma, su enemigo más odiado y sabía que los romanos no pasarían por alto la agresión cartaginesa contra Sagunto. Realmente Aníbal pretendía el estallido de una guerra entre Cartago y Roma, y Sagunto se convirtió en la mecha inicial de ese estallido. Así comenzaba la Segunda Guerra Púnica, uno de los mayores conflictos militares de la Antigüedad y que tuvo en la Península Ibérica uno de sus frentes fundamentales.
La flota romana controlaba el Mediterráneo occidental por lo que Aníbal decidió llegar a Roma por Tierra, atravesando los Pirineos, el sur de la Galia y los Alpes. Su empresa fue difícil, pero Aníbal lo consiguió llevando la guerra hasta las mismas puertas de Roma. Los aprovisionamientos y las tropas de refuerzo que Aníbal necesitaba para continuar la lucha contra los romanos, procedían de Hispania, dónde su hermano Asdrúbal controlaba el territorio desde la ciudad de Qart Hast (Cartagena) y negociaba con los pueblos indígenas la incorporación de éstos al ejército cartaginés.
En esos momentos, a finales del siglo III a.C. la Península Ibérica, Hispania para los romanos e Iberia para los cartagineses, constituía una importante fuente de metales preciosos, productos alimenticios y de consumo y sobre todo tropas mercenarias. Los nativos de Iberia eran excelentes guerreros porque concebían la guerra como una actividad productiva complementaria a la agricultura, la ganadería o la pesca. La lucha era un medio más para asegurar la subsistencia. Cuando recogían las cosechas era habitual que las tribus de Iberia lucharan entre sí y se dedicaran al saqueo y robo contra sus vecinos. Éste potencial bélico era aprovechado por Roma y por Cartago que contrataban soldados peninsulares como tropas auxiliares de sus ejércitos.
Al comenzar la Segunda Guerra Púnica existían cuatro grandes zonas culturales en la Península Ibérica. Los íberos, pobladores autóctonos que mantenían estrechas relaciones con griegos y romanos, ocupaban gran parte del litoral mediterráneo y coexistían con los cartagineses que habían llegado en el siglo V a.C., instalándose en las antiguas factorías comerciales de origen fenicio.
Hacia el interior, en la región central de la Península Ibérica se asentaba la cultura de los celtíberos, tribus indígenas de origen celta pero que habían incorporado a sus modos de vida elementos culturales íberos debido a las relaciones, amistosas o no, que mantenían a lo largo de los siglos.
En el occidente peninsular, sobre todo en el valle del Tajo había diferentes tribus celtas, que llegaron como consecuencia de las oleadas migratorias que afectaron a todo el continente europeo durante los siglos XII y XI a.C. Las fuentes arqueológicas sitúan la llegada y expansión de los celtas en la Península Ibérica entre los siglos VIII y VII a.C. Eran tribus muy belicosas que contaban con una tecnología propia de la Edad del Hierro pero eran bastante más atrasados que sus vecinos celtíberos y vivían sobre una tierra más pobre. Aunque parezca una explicación simplista, se puede concluir que cuanto más nos adentramos al interior alejándonos de la costa mediterránea, menor era el nivel de civilización de los pueblos indígenas y las posibilidades económicas de sus zonas de asentamiento.
El último conjunto de población peninsular se ubicaba en el norte, a lo largo de la cornisa cantábrica y estaba formado por galaicos, astures, cántabros y vascones. Eran culturas muy primitivas que habían recibido la influencia de las migraciones celtas y que habitaban una región montañosa y escasa en recursos.
Mientras que Aníbal iba derrotando sucesivamente a todos los ejércitos romanos que se le enfrentaban en su camino desde Iberia a Italia, su hermano Asdrúbal negociaba con los pueblos peninsulares e incrementaba el poder militar cartaginés. Roma debía dar una respuesta rápida y para ello concibió una ambiciosa empresa política y militar: crear un segundo frente contra los cartagineses en Hispania. En el año 212 a.C., seis años después del inicio de la guerra, los generales romanos Cneo Escipión y su hermano Publio, desembarcaron en la ciudad greco-íbera de Ampurias, sometieron a la tribu de los Ilergetes y fundaron la ciudad de Tarraco (Tarragona) que desde entonces fue una de las principales bases de operaciones de los romanos en Hispania. De esta forma pretendían cortar y obstaculizar las rutas de aprovisionamiento del ejército de Aníbal, ya que este recibía desde Hispania suministros y tropas de refresco.
Frente a ellos estaba Asdrúbal, que había formado un ejército numeroso compuesto por cartagineses y sus aliados íberos y celtíberos. Además, los generales romanos contaban con un obstáculo añadido: la inestabilidad que suponía la alianza con las tribus indígenas, pues estas luchaban como mercenarios y era bastante frecuente que cambiaran de bando sin previo aviso. La lucha fue encarnizada y se desarrolló entre los años 212 y 205 a.C. Durante estos años, la guerra se llevó por delante a los hermanos Escipión y al cartaginés Asdrúbal, pero ambas potencias los reemplazaron por nuevos mandos militares y la sangre indígena, cartaginesa y romana siguió corriendo desde el valle del Ebro hasta Gades, último emplazamiento controlado por los cartagineses que superados militarmente por los romanos acabaron retirándose a África.
El episodio final de la Segunda Guerra Púnica llegó el 19 de octubre del año 202 a.C. en una llanura del norte de África conocida por el nombre de Zama. Allí el general cartaginés Aníbal, que había combatido en Hispania, en la Galia y en Italia, que había sobrevivido a todas las penalidades de la guerra durante todos sus años, que había derrotado de forma humillante a los romanos en Trasimeno y en Cannas , que había hecho cundir el pánico en la propia Roma, allí, en aquel trozo de tierra seca, Anibal concentró los restos de sus ejércitos procedentes de Italia, a los veteranos que habían luchado en Iberia y a un variado conjunto de mercenarios procedentes de Hispania y Numidia. Para Aníbal la guerra contra Roma fue algo más que un conflicto político y militar. En aquella contienda había perdido familia, amigos, fortuna, un ojo, salud, comenzó la guerra con veinticinco años y ya tenía más de cuarenta y seguía luchando. Aquel enfrentamiento era la obra de su vida. Había llegado hasta la batalla final y si la ganaba, algo para lo que estaba más que dispuesto, Cartago podría seguir luchando y reconquistar todo lo perdido en los últimos años tanto en Iberia como en Italia. Si ganaba, Aníbal podría seguir explicándose a sí mismo.
Pero a Zama había acudido un joven general romano que ya se había enfrentado con Aníbal a comienzos de la guerra, cuando no era más que un simple legado: Publio Cornelio Escipión. Al igual que el general cartaginés, la implicación de Publio superaba el marco político y militar de la propia guerra puesto que tenía motivos personales para desear la derrota de Cartago. Publio Cornelio Escipión era hijo y sobrino de aquellos dos Escipiones que desembarcaron en Ampurias y que habían muerto a manos de los íberos por culpa de una guerra que había provocado el destructor de Sagunto, el líder de los cartagineses, el jefe de las tropas enemigas en Zama, el hombre que tenía frente a él: Aníbal Barca. Con Escipión venían siete legiones bien equipadas y entrenadas y varios miles de mercenarios de diversa procedencia contratados para participar en lo que fue una de las más grandes batallas de la Antigüedad.
La victoria romana fue aplastante. Aníbal y su ejército fueron destrozados por los romanos gracias a la hábil estrategia diseñada y puesta en práctica por Escipión. Aníbal perdió la batalla, la guerra y el futuro de Cartago.
Las consecuencias políticas y geoestratégicas de la batalla de Zama fueron aún más importantes que las militares. Cartago tuvo que aceptar la victoria romana, pagar una fuerte indemnización económica y, por supuesto, perdía todos los territorios que hasta entonces había dominado fuera de África, es decir, perdía Iberia. Roma obtuvo de forma definitiva la hegemonía en el Mediterráneo occidental, convirtió a Cartago en un satélite político y comercial al que le permitió agonizar durante varios años más y conseguía una nueva área de expansión de posibilidades desconocidas: Hispania.
Así comenzó la historia de los romanos en la Península Ibérica.
Alberto Pozo / Magazine Artepick

- [Fuente Original]








...por Redacción


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