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Las Cruzadas y sus motivos: ¡Deus lo volt! (Dios lo quiere)

Invadidos por un fervor espiritual, un gran contingente de población se movilizó con el objetivo de liberar el Santo Sepulcro y la ciudad de Jerusalén ocupada por los musulmanes Selyúcidas.

La Historiografía admite la existencia de ocho Cruzadas desde 1095 hasta 1274. Sin embargo el término Cruzada ha sido utilizado para algunos conflictos que se produjeron a partir del s. XIV llegando incluso al s. XX. Así, se ha llegado a llamar Cruzada a la Batalla de Lepanto en 1571 o a la Guerra Civil Española. Con ello se constata, aunque no sea correcto, la sinonimia entre los términos Cruzada y Guerra Santa, y vulgarmente, la utilización de dicho vocablo para referirnos a cualquier situación bélica en que la religión fue una de las principales razones del conflicto. Para que realmente existiese la Cruzada como tal se tenían que dar una serie de situaciones que en el siglo XIV y siguientes desaparecen. El término Cruzada fue por primera vez utilizado por Urbano II haciendo referencia a la peregrinación bélica o armada que se iniciaría con el fin único de liberar los lugares en los que Jesucristo sufrió la Pasión a manos de los judíos y los romanos, del Islam; las cruzadas no buscaban la conversión al cristianismo ni la aniquilación de infieles. Luego, entendemos que en la Batalla de Lepanto o en la Guerra Civil española, no se intentó liberar tales lugares sino que serán más las divergencias políticas, junto con un estado intensamente religioso, los que motiven las acciones bélicas.

Desde el año 637, Jerusalén estaba en posesión de los musulmanes. Las peregrinaciones a Tierra Santa no cesaron siempre que se pagasen los derechos de aduana. La aparición de los jinetes turcos Selyúcidas aproximadamente en el año 1050 conquistando Siria y Palestina, provocó la desaparición de una paz encubierta e interrumpieron tanto el comercio como los viajes a Tierra Santa. Del maltrato de los peregrinos cristianos que osaban adentrarse en dichas tierras alteradas por un nuevo orden, se hizo eco el mundo occidental junto con la advertencia del Papa Gregorio VII sobre la necesidad de luchar contra los musulmanes. Todos estos motivos no son razones suficientes como para que miles o millones de personas durante más de dos siglos, abandonaran sus posesiones y se dirigieran a defender los lugares en los que Jesucristo vivió su calvario y murió, o en palabras del evangelista San Mateo 16, 24-25 “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome se cruz y sígame. Pues quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”.

En el s. XI cambia el concepto de guerra; había que congraciar el quinto mandamiento, no matarás, con la lucha armada contra el mal. En la Alta Edad Media sólo la guerra defensiva podía ser considerada justa; este concepto cambiará con la Reconquista Española, con la que se admite que una guerra ofensiva puede ser también aceptada. Será el Papa Gregorio VII con el que las guerras adquieran verdaderamente una exégesis, un cuerpo doctrinal, por el que la lucha contra el Islam y la convocatoria a los nobles y caballeros medievales a defender los lugares y a los peregrinos, se considerará. Habrá que esperar hasta el pontificado de Urbano II cuando verdaderamente la praxis de las cruzadas comience.
El hecho que desencadena la primera cruzada es la petición del Emperador Bizantino Alejo I al Papa Urbano II, de mercenarios occidentales para que le ayudasen a frenar las ambiciones de los turcos Selyúcidas. La llamada se convirtió en un movimiento tan masivo que ni el mismo Papa creyó tener tanta capacidad de convocatoria en un Medievo en el que la unidad y las luchas entre los que posteriormente serán grandes estados escaseaba y, por otra, del Emperador Alejo I que se sorprendió, no sólo de los soldados armados que llegaron a Constantinopla, sino que paralelamente dio la bienvenida a una masa irregular y desigual de población que deseaba liberar el Santo Sepulcro de Jesucristo de manos del Islam, en lo que se llamó la Cruzada de los Pobres de Pedro el Ermitaño.

La toma de las armas comenzó en 1095, en el Concilio de Clermont a través del Papa Urbano II que declara la necesidad de luchar para liberar a los cristianos orientales y Jerusalén, al grito de ¡Deus lo volt! (en lengua vernácula, y que los Cruce Signatus o cruzados traducirían al latín: Deus vult). El modelo que ejemplarizará las Cruzadas será la Reconquista de la Península Ibérica; Urbano II prohibirá a los españoles que participen en las campañas orientales y les aconsejará que centren sus esfuerzos en su cruzada occidental para expulsar a los musulmanes de España, hecho que se producirá en 1492 con la Conquista de Granada (único eslabón hispánico en poder de los árabes desde 1248) por los Reyes Católicos.
El mayor entusiasmo y el país cuya población más participó en el fenómeno de cruzadas será Francia, seguida de Alemania, en la que sus caballeros estarán dispuestos a entregar sus armas a la defensa de la fe, cansados de disputar guerras internas, y en la esperanza de encontrar en otros lugares la fortuna que a los segundones se les negaba. Debemos, además, distinguir dos motivos que podían hacerlas igualmente atractivas. Por una parte, el papado les otorgaba indulgencia de las penas terrenas, es decir, no les prometía la vida eterna ni el paraíso, sino el resarcimiento de las penas impuestas en el sacramento de la confesión en el momento de la absolución, sin relación con el purgatorio; los cruzados podían recibir la remisión de las penitencias aliviando así sus conciencias. En este momento, no existe la indulgencia plenaria, tal y como la conocemos en la actualidad, que será desarrollada teológicamente por Santo Tomás de Aquino. Otro de los motivos era la obtención de tierras por las que los cruzados podían ver incrementado su patrimonio o sus rentas. En este punto hay que hacer una salvedad; la empresa de las cruzadas, en general a los caballeros, les salía poco rentable, pudiendo ser objeto de ruina embarcarse en tal empresa. Así, el Papa protege las posesiones occidentales de los cruzados, siendo responsable de las mismas los obispos locales que debían devolvérselas a la vuelta de los Santos Lugares e incluso se impone un impuesto para sufragar los gastos en ellas producidos. Para otros, como la población endeudada, la exención de aduanas e impuestos atraía la idea del viaje, ya que podían ganar dinero y botines con los que pagar sus deudas.

La idiosincrasia de los Cruzados conllevará una nueva forma de vivir el cristianismo ajustándolo a la vida del noble o caballero. Son las denominadas Órdenes Militares, entre las que podemos destacar la Orden de los Caballeros Templarios, los Hospitalarios, y los Caballeros Teutónicos. Su origen se encuentra en la atención que se debía prestar a los peregrinos y a los enfermos cristianos, inspirados en la regla de San Agustín o de San Benito. En 1119, en Jerusalén, Hugo de Payens y siete caballeros franceses fundaron una asociación para la defensa de los peregrinos en Tierra Santa. Balduino II, rey de Jerusalén, les otorga una parte de su palacio donde se creía que estaban las antiguas ruinas del Templo del Rey Salomón, de ahí el nombre de Templarios. Los Hospitalarios, Caballeros de San Juan, Caballeros de Rodas o Caballeros de Malta, nacieron por la creación de un hospital en la Iglesia de San Juan de Jerusalén, en el que siendo su director Raimundo de Puy, la congregación se convirtió en orden militar sin olvidar sus labores hospitalarias. Finalmente, los Caballeros Teutónicos, tienen su génesis en la III Cruzada, en San Juan de Acre, cuando se crea un sanatorio para la atención de enfermos cuya lengua fuera el alemán, transformándose en 1098 en Orden Militar.

Lo cierto, es que muchos volvieron pero también muchos se quedaron. Si la esperanza de vida en el s. XI fuera de unos 30-40 años aproximadamente, muchos no tenían tiempo “suficiente” o la suerte para acometer el regreso. De todas las maneras mucha gente de la Edad Media no se amedrentaba de los peligros o las enfermedades a la hora de mejorar su estilo de vida, de buscar nuevas tierras o simplemente para buscar lugares santos, como tal podía ser el lugar por antonomasia, Jerusalén, u otros como el Camino de Santiago. Estas peregrinaciones eran la red de comunicaciones para que llegaran noticias de los distintos lugares o de los personajes más relevantes como los Reyes, e incluso el comercio y la artesanía que se vendía formaba un lugar de intercambio que hacía evolucionar el arte o simplemente los gustos. Los que se quedaron y no comenzaron el viaje de retorno, se mimetizaron con un entorno hostil en el que eran los minoritarios entre familias y grupos de musulmanes, y adoptaron formas de vida diferentes aún en su empeño de mantener su ideología y sus prácticas puras. La lejanía con los países cristianos y la falta de noticias inmediatas les dispusieron para comenzar a vestir de forma idéntica a los sarracenos y a intentar acoplar modos de vida y de pensamiento tan diferentes.

Las Cruzadas bélicamente fueron sanguinarias, un triste y pavoroso espectáculo, e irracionales, como cualquier guerra, como todas las guerras. Sin embargo todas las acciones históricas llevan unas consecuencias al margen de las víctimas y de las pérdidas. En el plano político las Cruzadas no surtieron ningún efecto a largo plazo. Las primeras plazas conseguidas en la I Cruzada: Trípoli, Edesa, Jerusalén y Antioquía, y otras posesiones posteriores como San Juan de Acre, Beirut, Tiro o Sidón no se mantuvieron tanto por la lejanía como por la paulatina pérdida de atracción por los que allí permanecieron o el interés creciente por lo que estaba sucediendo en la esfera de sus ámbitos. Culturalmente su acción ha sido más enriquecedora. Desde los conocimientos médicos que la Orden de los Hospitalarios exportó hacia occidente a los adelantos técnicos como el refinamiento del azúcar, el moldeo del vidrio, y la realización del arco ojival que posteriormente se incluiría en el arte gótico. Todo objeto se convertía en digno de admiración en una Edad Media oscura, como las tapicerías de Persia y las armas o artesanía de Damasco. El lenguaje se vio enriquecido e incluso, surgió una lengua con la que se entendía franceses, italianos y árabes, lo que se conoció como Lingua Franca. En el ámbito económico se empezó a utilizar más comúnmente las cifras árabes y se fortaleció el sistema monetario, con las nuevas acuñaciones de moneda como en Venecia, la esterlina en Gran Bretaña, o los florines de Florencia. Incluso actualmente, en el aspecto literario, los cruzados renuevan la literatura en busca de griales, o tesoros escondidos, de leyendas imaginadas o irreales que aún nos hacen viajar a una época apasionante pero no por ello menos bélica, llena de traiciones y de intrigas. Renacen así las hazañas de Godofredo de Bouillon, San Bernardo de Claraval, Ricardo Corazón de León o del sultán Saladino, entre otros.

Más complicado puede resultar conocer el porqué unos hombres, gentes de toda clase social, e incluso niños (Cruzada de los Niños en 1212), se embarcaron en el dificilísimo periplo de llegar a Jerusalén y luchar contra los musulmanes con el fin de proteger los lugares en los que Jesucristo realizó el camino desde el Pretorio hasta el Calvario o Gólgota y crear una fraternidad, en un viaje que podía ser sin retorno. Una peregrinación, que en aquellos tiempos, en el s. XI, era un particular y personal Vía Crucis para el viajero.

¡Deus lo volt! (Dios lo quiere).

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...por Ángela Melero ...por Ángela Melero


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