Con la muerte de un Papa, llega todo un complicado proceso que culmina con la elección del siguiente Pontífice.
Para empezar, el período que comprende el fallecimiento o la renuncia de un Papa y la elección de un sucesor tiene un nombre propio. Desde la muerte de un Papa hasta que llega un nuevo Papa, vivimos el Interregnum Papal.
La Iglesia católica tiene perfectamente establecidos todos los pasos que hay que seguir desde el fallecimiento de un Papa hasta la sucesión de éste. Primero de todo, tras la muerte del Pontífice, su camarlengo confirma la noticia de forma oficial. Este personaje del cual se habla tanto cuando muere el Papa, el camarlengo, es un gobernador temporal mientras no haya otro Pontífice.
El camarlengo y tres cardenales asistentes elegidos deciden cuándo se trasladará el cadáver del Papa a la Basílica de San Pedro, con el fin de ser expuesto ante el público. Además, tanto él como los cardenales tienen que dar fe de que se destruyan el “anillo del Pescador” del Papa y su sello. Ello se realiza para que nadie más pueda usarlos.
En cuanto a la autopsia, ésta está fuera de guión y no se le da importancia alguna. Lo relevante para los católicos es que empieza un período de nueve días de funerales, en honor a la memoria del Papa. Sin embargo, no se decide el día exacto del funeral y del entierro hasta que pasan cuatro o seis días desde la muerte del Sumo Pontífice.
Ante este panorama nos podemos preguntar: ¿dónde van los Papas cuando mueren? A decir verdad, los Papas yacen en la cripta, debajo de la Basílica de San Pedro. Según los dictados de la tradición, se suelen enterrar dentro de un ataúd de madera de ciprés que después se sella dentro de un féretro mayor de plomo, el cual se cubre con una caja externa de madera de pino.
Durante el tiempo en que el Vaticano carece de soberano, el Colegio de Cardenales es el encargado de supervisar las actividades de cada día. Pero el poder que tienen los cardenales es limitado. Por ello, se detiene gran parte de la administración central de la Iglesia. Al decimosexto día de la muerte del Pontífice, los cardenales de todo el mundo son convocados al Vaticano, con el fin de honrar al difunto Papa y preparar el Cónclave. Se realizan los funerales. Así, el Papa es llevado primero a la Capilla Sixtina para ser honrado en privado por la Casa Papal y por los cardenales. Después será trasladado y ubicado en la Basílica de San Pedro para que los fieles se puedan despedir de él, antes del entierro.
En el caso de nuestro tiempo, con la muerte de Juan Pablo II, una vez acabó el funeral en la plaza de San Pedro, el féretro fue llevado a las Grutas Vaticanas, tras introducirlo en los otros dos. El cadáver se depositó en el mismo sitio donde estuvo enterrado durante casi 30 años su predecesor, el beato Juan XXIII. Según el arzobispo Marini, el de Juan Pablo II fue un entierro sencillo, sobre la tierra, en cuya lápida está escrito el nombre y las fechas del pontificado.
En el período entre los funerales y el Cónclave, los cardenales aprovechan para intercambiar algunas opiniones sobre el estado actual de la Iglesia. No obstante, no les está permitido llegar a ningún tipo de acuerdo.
Con respecto a la sucesión, algo que puede resultar sorprendente es que en teoría cualquier hombre católico puede ser ordenado Papa. Sin embargo, lo corriente es que el elegido pertenezca al Colegio Cardenalicio. Cabe recordar que el último Papa no cardenal fue Urbano VI.
El Cónclave, que tiene la misión de elegir un nuevo Pontífice, empieza en la Capilla Sixtina del Vaticano entre 15 y 20 días después de la muerte del Papa. Son los cardenales, confinados al Vaticano durante el Cónclave, los que deberán decidir el día concreto de la elección. Éstos, tras la muerte de Juan Pablo II, por primera vez no han vivido en la Capilla ni en las habitaciones próximas al Museo del Vaticano.
Los cardenales, de menos de 80 años de edad, son aptos para votar. Éstos efectuarán el juramento de observar las reglas, guardar secreto obligatorio y no influenciar de ninguna forma en la nueva elección. Además también juran que serán fieles al oficio petrino protegiendo los derechos espirituales y temporales de la Santa Sede si resultan elegidos. Se necesitará una mayoría de al menos dos tercios más uno para elegir al nuevo Pontífice. Una vez el Cónclave haya elegido un Papa se le cuestionará al elegido si acepta el nombramiento y qué nombre quiere adoptar. Seguidamente, se le vestirá con los atuendos papales. Por ello, los sastres tendrán ya listas varias medidas. Entonces, el nuevo Pontífice se sentará en un trono en la Capilla Sixtina para recibir a los otros cardenales que harán cola para rendirle homenaje y jurar su obediencia.
El mundo entero conocerá el resultado a través de la famosa fumata blanca, que anunciará al sucesor. Ello ocurre cuando un funcionario quema, con químicos especiales, las boletas con las que votaron los cardenales. Esto hace que un humo blanco (fumata blanca) salga de la chimenea de la Capilla. En el caso de emitir humo negro, se emplearán otros químicos. Este humo oscuro tiene la función de indicar que la votación todavía no ha dado ningún resultado concreto. Después de esto, llega la parte final. El decano del colegio de Cardenales sale al balcón central de la Basílica de San Pedro y anuncia a la multitud congregada en la plaza el mensaje siguiente: “Habemus Papam” o lo que es lo mismo “Tenemos un Papa”. En aquel preciso instante el nuevo Papa se presentará con ropajes papales y dará su bendición a los fieles católicos que han ido a verlo por vez primera.

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