En el año 1521, con la decapitación de Padilla, Bravo y Maldonado, comienza el ocaso de una revuelta cuyas peticiones, en la actualidad, no nos resultarían tan descabelladas.
La muerte de Isabel la Católica, en 1504, dejó al reino de Castilla, huérfano y en manos de diversos regentes. El testamento de la reina dejaba claro que sería su hija, Juana I de Castilla, la heredera al trono, aunque si mostraba incapacidad o desinterés, la tutela del Reino sería conferida a su marido, Fernando El Católico, hasta la mayoría de edad del Infante D. Carlos, hijo de Juana. El poder en Castilla será asumido por diversos regentes como Fernando El Católico, Felipe I el Hermoso y el Cardenal Cisneros, más preocupados en declarar la incapacidad de Juana y en satisfacer sus ambiciones políticas, que en dar una solución al problema castellano. La toma de posesión del reino por el Infante D. Carlos fue considerada por Cisneros como un golpe de estado, un mal menor, en un intento de dar a Castilla una estabilidad en el poder después de años en constante cambio. Sin embargo, la forma en que el Infante es promocionado, no fue la manera más idónea, ya que los castellanos fueron relegados, siendo la Corte de Bruselas la que, en 1516, proclama al Infante D. Carlos heredero del trono de Castilla y de Aragón, aún en vida de su madre.
La llegada del nuevo Rey a España provocó suspicacias; el monarca desconocía las costumbres y las tradiciones castellanas e incluso el idioma. Educado bajo la tutela de Margarita de Austria, el Cardenal Adriano de Utrech, y el Señor de Chievres, Guillermo de Guy, la ignorancia de la lengua castellano y la suntuosidad de una corte, dedicada a las fiestas y al boato cortesano, junto a una marcada francofilia y un estilo borgoñón, no supuso un entusiasmo entre sus súbditos. Todo empeora cuando el príncipe comienza a otorgar diversos títulos, prebendas y beneficios eclesiásticos a personas de la corte flamenca, en clara oposición al testamento de su abuela Isabel, que declaraba que los cargos públicos y beneficios eclesiásticos debían recaer en castellanos.
Las primeras diferencias entre el Rey y sus nuevos siervos se aprecian en la convocatoria de Cortes en 1517 en Valladolid, donde salen a la luz las primeras confrontaciones. La promesa de Carlos de cumplir las tres principales reivindicaciones de los procuradores permitió al joven rey, conseguir, por parte de los representantes de las ciudades, el juramento de fidelidad y la aceptación de su condición de rey, siempre que no volviera Juana, que sería nominalmente la propietaria de la Corona de Castilla, y la concesión un nuevo servicio o impuesto. Entre tales reclamaciones estaban la prohibición de sacar dinero de España, apartar de los oficios públicos y beneficios eclesiásticos a los extranjeros, y la corroboración de los derechos de la Reina Juana, frente a los de su hijo. Igualmente se le recuerda que la monarquía no está por encima de la ley, sino que además de derechos presenta deberes para con su pueblo; el Rey protege a sus súbditos. Estas advertencias no son revolucionarias ya que forman parte del pensamiento medieval, pero sí serán utilizadas por la Santa Junta, creada por los comuneros, para reforzar el papel de las Cortes frente a la monarquía. Hasta entonces, las Cortes habían sido un mero vehículo de la realeza para conseguir la imposición de tributos a cambio de escuchar las demandas de las ciudades. Generalmente, los procuradores estaban al servicio de la Corona por lo que los reyes no tenían dificultades en la aprobación de sus programas. Será, con la revolución comunera, cuando las Cortes adquieran un gran protagonismo transformándose en un obstáculo del poder real, aglutinando una serie de exigencias con las que coaccionarán al joven monarca necesitado de dinero y, en las que sus representantes, serán elegidos de manera menos fraudulenta, con una menor intervención de los corregidores al servicio, estos últimos, de la monarquía.
Otro de los detonantes de la Revolución Comunera comienza con la muerte, en 1519, del abuelo del Rey, Maximiliano I, dejando vacante el título imperial. Calos será elegido emperador frente a las candidaturas de Enrique VIII de Inglaterra, y Federico I, Duque de Sajonia, y gracias al dinero de una de las familias más poderosas de banqueros, los Fugger. Carlos se entera de la ansiada designación en Barcelona, debiendo preparar el viaje para su coronación y necesitando, que en una nueva convocatoria de las Cortes, se vote otro subsidio para sufragar tanto los gastos de su marcha como el capital que le demandaban los Fugger. La necesidad de dinero del joven rey ocasionará el aumento de las cargas tributarias. Asimismo, el Papa autorizó al Rey imponer un subsidio sobre los ingresos del clero; pero necesitaba más liquidez, por lo que incrementó el rendimiento de la alcabala con el que, generalmente, el Estado cubría las necesidades normales. Este impuesto implicaba en el pago tanto a pecheros como a hidalgos; sin embargo estos últimos se veían más relajados en el pago, cuando la alcabala se cobraba como encabezamiento, es decir, se gravaba una cantidad fija para una determinada población suprimiéndose el porcentaje de la alcabala y sus fluctuaciones. Junto a estos impuestos, la carga impositiva acentuaba el servicio votado con anterioridad en las Cortes de Valladolid. La presión fiscal aumento al igual que el descontento. El Rey debía abandonar Castilla para coronarse en Aquisgrán, desligándose de las promesas realizadas.
No fue el único compromiso que no cumpliría. Continuó estableciendo tanto en cargos públicos como en beneficios eclesiásticos a integrantes de la Corte flamenca, si bien antes los naturalizaba, o anacrónicamente, les confería la nacionalidad española; la alta nobleza, a la que más tarde recurría para derrotar a los comuneros, se veía apartada del poder. Muchos de los integrantes de este estamento, en un principio apoyarán a la revuelta comunera, buscando conservar sus dominios y privilegios.
El Rey convoca unas nuevas cortes, en marzo de 1520, en Santiago de Compostela. La ciudad elegida produjo extrañeza ya que todos los indicios apuntaban a Burgos, y yendo en contra de la tradición castellana. Se intuía que una vez votado el nuevo servicio, el Rey abandonaría el país; retorna así el sentimiento de los castellanos de ser una colonia en manos de los flamencos y una fuente de ingresos para el costear la política imperial. El monarca manda una carta a los corregidores para que los procuradores que vayan a estas nuevas cortes, sean partidarios de sus decisiones y prohíbe la asistencia en los ayuntamientos durante la elección de estos, de personas ajenas, en referencia clara al clero, que se había erigido como instigador revolucionario.
El germen dogmático de la revuelta se producirá en Salamanca, cuando franciscanos, agustinos y dominicos, colaboradores de los regidores y a quienes se les pidió su opinión de las nuevas cortes, elaboran una serie de peticiones que serán comunicadas a las distintas ciudades, oponiéndose a las nuevas Cortes compostelanas. Pocas semanas después estallará la rebelión. La estrategia a seguir en Cortes sería imponer al Rey sus demandas, y una vez decididas sobre ellas, votar el nuevo servicio. Entre dichas propuestas se encontraban la imposibilidad de sacar dinero del país, otorgar los oficios públicos y beneficios eclesiásticos a los castellanos, la prohibición de trasladar a Flandes la explotación de las riquezas de las Indias ni que los oficios indianos fueran realizados por extranjeros, la independencia de Castilla con el Imperio y la no intervención castellana en la política imperial. También solicitaban un aplazamiento de seis meses en el viaje real hacia la corona imperial, dada la importancia de los asuntos a debatir y, que su vuelta se produjera en un plazo máximo de tres años. En el caso de que Carlos desatendiera dichas peticiones, la comunidad tomaría el gobierno de la nación y se negarían a votar otro servicio para sufragar los gastos de otras regiones, en la consideración de que Castilla no era una colonia.
Las instrucciones de Salamanca se trasladaron a otras ciudades como Zamora, Ávila o Madrid; en Segovia los procuradores se mantuvieron más dóciles siendo esta ciudad donde estallaría más tarde la revuelta. Iniciadas las sesiones en Santiago de Compostela, se prohíbe la entrada a los procuradores de Salamanca con el pretexto de no haber sido elegidos por el Regimiento o Ayuntamiento. El emperador expone su deber de abandonar España, prometiendo que en el plazo máximo de tres años volvería y que los cargos públicos recaerían en los castellanos. Sin embargo las Cortes se disuelven al negarse el emperador a conocer las directrices de las ciudades antes de votar el servicio y de estas a realizar lo contrario. El Rey comienza una campaña de gratificaciones o sobornos a los procuradores que le apoyasen y, convoca, para el 22 de abril, Cortes en La Coruña donde finalmente le es concedido el nuevo servicio. Pese a las promesas, el rey nombra al Cardenal Adriano, extranjero, regente en su ausencia. El Rey faltaba nuevamente a sus promesas. Este comportamiento desleal avivó la cólera de las Cortes, de las clases medias y de la Alta Nobleza. Se había encendido la mecha de la rebelión de las comunidades. La guerra civil comenzó para finalizar con la decapitación de los cabecillas del movimiento comunero que no exterminó totalmente la sublevación continuando, en Toledo, de la mano de la mujer de Juan de Padilla, María Pacheco. Finalmente la insurrección fue aniquilada en 1522.
Revolución descrita como un inicio de republicanismo o del nacimiento de un movimiento nacionalista, no deja de ser llamativo que no se va en contra del Rey, sino que se quiere al rey en Castilla, y que no hay un sentimiento nacionalista sino un sensación de abandono. Las consecuencias a la vuelta, en 1522, del ya coronado emperador, no se hicieron esperar. Inició una política de represión, continuó desvinculando y apartando a la alta nobleza de las esferas del poder en aras del Consejo Real, y reafirmó el poder absoluto de la monarquía; las cortes retomaron su antiguo papel teatral. La Reina Juana acabó olvidada, muriendo en 1555 pero, a cambio, el rey se españolizó y murió en España dejando como descendiente a Felipe II.
La mentalidad y sociedad castellana no estaba preparada lo suficientemente para que las Cortes asumieran un papel preponderante frente a la Corona, fuerza aglutinadora del sentimiento castellano iniciado con la Reina Isabel La Católica. Los comuneros lucharon por el bien común pero sus reivindicaciones fueron prematuras; quizás su mayor error fue adelantarse a una época que no estaba aún preparada para unas ideas tan innovadoras.

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