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La Europa de las Revoluciones: 1830-1870

Cuando nos referimos a la Europa de las revoluciones hacemos mención al periodo acontecido entre 1830 y 1870; un espacio de tiempo de cuatro décadas, en pleno siglo XIX, cuya tónica mas generalizada es un sinfín de cambios que colman a una sociedad europea de absoluta prosperidad.

El estallido industrial producido en años anteriores llevaba debajo del brazo aún más efectos que influirían, en sumo grado, en muy diversos aspectos de la vida europea.

El análisis general de estas transformaciones nos muestra una economía en un estado de bonanza construido sobre, por poner varios ejemplos destacados, la transformación en el mundo de los transportes, el progreso experimentado en el abastecimiento de los productos alimenticios o el predominio de un trabajo obrero no especializado y barato, realizado en buena medida por mujeres. Todos estos ejemplos y muchos otros, proporcionarían un panorama realmente alentador para los europeos quienes, absolutamente conscientes del progreso, presenciaban como se disparaba el índice demográfico a partir de las mejoras adoptadas en la higiene y a las infraestructuras sanitarias; al mismo tiempo que observaban como las ciudades se abarrotaban gracias a una migración originada, desde las zonas rurales hacia las urbes, debido a la enorme atracción que esta última producía por las mayores comodidades; ciudades, en torno a las cuales, se estaban formando las nuevas industrias tan características de este periodo.
En medio de este alentador panorama, la nota discordante la encontramos al comprobar que el crecimiento económico europeo no fue igualitario; distintas regiones de Europa y, mas concretamente, entre los sectores de la propia sociedad europea, aún sufrían las desigualdades.

Durante los años previos a las revoluciones mas destacadas del siglo XIX, la vida social y política de la sociedad europea se dejarían acompañar, en buena medida, por la presencia de notables corrientes ideológicas cuyo objetivo era el de tratar de explicar el reflejo que tenían los propios ciudadanos sobre esta realidad social; además de proponer mecanismos de reforma y cambio radical. Las apuestas populares más respaldadas eran el liberalismo, el nacionalismo y el marxismo; los cuales intentarían proponer modelos teóricos y formularían esquemas y herramientas de transformación de la realidad social.
Será el nacionalismo el que adquiriese, por aquellos años, un carácter cosmopolita y, a pesar de que padecía de la falta de apoyo popular ya que las clases campesinas no se sentían incluidas en los distintos programas sociales elaborados a tal efecto; llegaría a destacar, de entre los otros, al convertirse en un componente destacado de los movimientos revolucionarios de 1830 y 1848.

Paris fue la ciudad que acogió a las denominadas jornadas revolucionarias de Julio de 1830 por las que, así se ha escrito, se pasaría de una Monarquía aristocrática a otra burguesa, aunque unidas por un común carácter constitucional. Los principios desbordantes del conflicto eran, por un lado, el deseo por aumentar los derechos parlamentarios, ampliar la participación electoral y la preservación de un gobierno fuerte, entre otros. Con la llegada de Luís Felipe de Orleáns (”rey de los franceses”) al trono y la reforma establecida sobre la Carta constitucional, se intentaba satisfacer a los liberales acallados durante los últimos días del reinado de Carlos X.

El duque de Orleáns era el heredero de una rama menor de los Borbones que habían participado de los ideales revolucionarios llegando a ser culpados en alguna ocasión, incluso por los propios historiadores contemporáneos, de ser la verdadera chispa del desencadenamiento de los sucesos revolucionarios. No era un secreto que tras los acontecimientos que llevaron a la revolución del 30, se temía por el desbordamiento de la soberanía popular, así lo habían comprobado los propios franceses tras los acontecimientos de 1789; es por ello por lo que se propuso la instauración de una Monarquía que salvaguardase las libertades conseguidas sin poner en peligro el orden social. La presencia de Luís Felipe en el trono de Francia significaba, también, la rehabilitación de la tradición de la Revolución francesa que tantos buenos recuerdos guardaba el pueblo francés, por lo que no es extraño saber que el propio Lafayette llegara a presentarle con la bandera tricolor a los grupos revolucionarios como símbolo del orden y la estabilidad.

Años después, las corrientes ideológicas (nacionalismo, idealismo…) se recrudecieron amparándose en exigencias de carácter democrático como fueron las reclamaciones por una reforma social que regulase el trabajo, sobre todo de las clases mas necesitadas.

A partir de la revolución del treinta, Europa se sumerge en una oleada de costosos enfrentamientos en distintos puntos de su geografía a medida que crecía el liberalismo. El Reino Unido y Francia ejercían un indudable liderazgo en este aspecto debido a sus monarquías liberales, frente a los regímenes absolutistas: Rusia, Prusia y Austria (que extendían su influencia desde la península italiana hasta el noreste de Europa).

La revolución del 48 vuelve a dar protagonismo a ese liberalismo tan comprometido. El campo de batalla se divide en dos escenarios bastante diferenciados y con consecuencias características; por un lado, vemos como el estallido revolucionario hace su aparición en la parte occidental de Europa donde se lucha por consolidar sistemas políticos constitucionales y representativos de corte liberal pero en beneficio de una reducida oligarquía. El objetivo principal era el establecimiento de la responsabilidad de los gobiernos ante los representantes de la nación y la rebaja de las exigencias económicas establecidas para ser elector (ampliación de la franquicia). Todos aquellos que se alzasen con la idea de instaurar una democracia seria dado de lado debido al temor que provocaba su desconocimiento en la práctica. Los sectores que añoraban el Antiguo Régimen y rechazaban el principio político de la soberanía nacional también fueron mantenidos al margen. Las principales consecuencias políticas fueron principalmente algunas innovaciones políticas significativas como es el caso de las unificaciones de Italia y Alemania.
La otra parte del mundo, la Europa oriental, vivía esta revolución bajo un régimen político fuertemente autoritario en manos de una no menos poderosa aristocracia. La sola idea de lograr la garantía de las libertades individuales, la participación en las instituciones representativas o la instauración de la seguridad jurídica hacia la boca agua a una sociedad no menos sedienta que la occidental, pero los esfuerzos fueron en vano ya que los planteamientos del liberalismo (soberanía popular y sufragio universal) se toparon con los inconvenientes propios de la implantación del sistema capitalista (desequilibrios sociales) y con una acérrima defensa de ese poderoso grupo de privilegiados, hasta ahora dirigente, que quedarían desplazados al finalizar la revuelta.
En este marco geográfico la lucha fue especialmente cruenta ya que se ha podido documentar como, junto a las campañas políticas y de agitación, se empleaban métodos realmente violentos debido a la creencia generalizada “que peor no se podía estar y se debía arriesgar hasta la vida”. Han sido los historiadores W. Fortescue y Price quienes han llegado incluso a afirmar que fue la fuerte represión que siguió a estos estallidos revolucionarios el gran motor de un orden social y político conservador que perduró hasta el estallido de la primera guerra mundial.

En definitiva, los grandes vencedores del 48 en la Europa Oriental fue la oligarquía mientras que la sorpresa recayó en el hecho de que grupos de corte liberal, como la pequeña burguesía y las clases trabajadoras, todavía encontrasen verdaderas dificultades para participar en el curso político del país debido a su irregular situación económica y su incapacidad profesional.

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...por Carolina Fontanals ...por Carolina Fontanals


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1 comentario en La Europa de las Revoluciones: 1830-1870

  1. Buen reportaje, me impactó.

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