En el s. XVI aparece una nueva sabiduría o, en palabras de San Juan de la Cruz, “un no entender entendiendo” que nos acerca a la esencia de Dios.
Coloquial o vulgarmente se ha considerado Contrarreforma a la contrarréplica o la reacción de la Iglesia Católica Pontificia a la Reforma Protestante, iniciada en Alemania y fortalecida con la exhibición en la Iglesia de los Todos los Santos de Wittenberg (Alemania) en 1517, de las 95 tesis de Lutero. Sin embargo la Historiografía nos muestra una realidad muy distinta que intentaremos aclarar tanto terminológica como sustancialmente.
El término Contrarreforma se utilizó por primera vez en 1762, en la Alemania protestante, concretamente en Gotinga, de la mano de un jurisperito llamado Pütter. Pero será con Leopold Ranke, uno de los grandes historiadores alemanes del s. XIX, cuando el concepto que nos ocupa toma el significado coloquial al identificar Contrarreforma con la acción de la Compañía de Jesús o Jesuitas a la conquista del territorio protestante principalmente Alemán. Si bien es cierto que la Compañía de Jesús, constituida por San Ignacio de Loyola en 1540, se fundó como abanderada de unidad de la iglesia y como defensa militante del Papado extendiéndose por toda Europa y América como soldados de Cristo, también es correcto indicar que la reforma católica ya fue iniciada a finales del s. XV en España y, concretamente con el Cardenal Cisneros, en Europa, desde el V Concilio Lateranense (1512 - 1517), ya se venía observando la necesidad de renovación e, incluso con anterioridad, en el Concilio de Constanza (1414-1415). Es decir, la historiografía católica considera que el término Contrarreforma, es utilizado despectivamente por la Historiografía protestante, no siendo una reacción contra el Protestantismo sino que ya se apreciaba necesaria una reorganización institucional, una delimitación y definición del dogma, terminar con las conductas irregulares del clero, y otro sin fin de realidades que debían ser encauzadas hacía el credo que se predicaba desde la suntuosa Roma. Por ello, se prefiere la distinción entre Reforma Protestante y Reforma Católica, frente a Contrarreforma e incluso se acepta en ocasiones, Restauración Católica.
Esta Reforma Católica engloba dos vertientes. Por un lado, una Reforma institucional de la Iglesia que intenta cortar los abusos y “pecados” del clero, tanto secular como regular, instruyéndolo y preparándolo en distintas ramas del saber para dirigir su feligresía, volver a los orígenes y humildad del cristianismo, y reorganizar un cuerpo doctrinal para conducir a las almas a la Salvación eterna mediante los sacramentos principalmente. Y por otro lado, una Reforma Interior en la fe, donde Dios cambia de la Edad Media a la Edad Moderna, de la mano del Humanismo de Erasmo de Rotterdam, de un Dios-Pantocrátor-románico, hierático, tenebroso, enfurecido, rencoroso, y castigador a un Dios-Amor-renacentista, cercano, misericordioso, justo, bondadoso y paternal al que se llega mediante la meditación y la oración cotidiana.
En resumen, el término Contrarreforma no hace referencia solamente a una lucha contra la nueva reforma luterana, calvinista, anabaptista…que se extiende por Europa rápidamente, y que sobre todo, niega la autoridad papal, sino que además es una Reforma apoyada desde la propia institución eclesial, desde un pontificado sabedor de los desmanes materiales y la dejadez espiritual de los obispos y arzobispos, de los párrocos, y del concubinato abierto que algunos de ellos practicaban, de las reglas monásticas, tanto de monjas y monjes, y en la propia doctrina, intentando una vuelta hacia la esencia de los primeros cristianos y preocupada por reparar conductas inapropiadas del cristiano laico más interesado en superficiales parafernalias ceremoniales, que en una interiorización del mensaje cristiano. En este sentido, este ambiente reformista se enclava en una época de numerosos cambios políticos, económicos y, sobre todo, ideológicos; aparecen nuevas opiniones dentro de una sociedad cristiana hermética que no permitía otra opción de pensamiento que el cristiano, una identificación que hace sinónimos a las palabras sociedad y cristianismo. Todas estas corrientes, no consideradas en un principio heréticas, encontraron un activo vehículo de difusión en la imprenta de Gutenberg, divulgándose velozmente los nuevos conceptos, que buscan un cambio, un nuevo camino de encontrar la Salvación Eterna después de la muerte. Por ello, utilizaremos el concepto Contrarreforma, en referencia a renovación, reforma, revisión, o cambio, siendo los representantes españoles más importantes San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús, entre otros.
En este ambiente de transformación, y ante la expansión de la reforma protestante, la unidad religiosa se ve quebrantada. En un principio, la Iglesia intentará solventar la ruptura con la imposición de las siguientes medidas:
1. La celebración de un Concilio Universal. Se convocará en la ciudad de Trento y tendrá el apoyo total del emperador Carlos V y, en España, su posterior implantación y desarrollo de la mano de Felipe II.
2. El restablecimiento y la reorganización del Tribunal de la Santa Inquisición Pontificia, Inquisición Romana o Santo Oficio, que intentará velar por la pureza de la fe, de la mano del Cardenal Caraffa, en 1542.
3. La instauración de la Congregación del Índex en 1543, destinada a la censura de las ideas, de los libros y de los escritos.
El Concilio de Trento (1545-1563), pese al objetivo de intentar conseguir la conciliación entre los cristianos, confirmará y potenciará un cuerpo doctrinal que separará más aún las distintas reformas emprendidas. Comienza la separación de cristianos en católicos, luteranos, calvinistas, hugonotes, anabaptistas… Un único Dios para infinidad de maneras de salvarse, de entender el sacrificio de la crucifixión de Cristo, de un nuevo modo de vida y de conseguir el amor de Dios y la Salvación después de la muerte. El pensamiento cristianismo se robustece con un cuerpo filosófico, teológico, moral, ético y sacramental, con el que el alma se fortalece y reconforta. Con la convocatoria de este Concilio, de gran influencia hispana al asistir grandes teólogos españoles educados en las instrucciones del Cardenal Cisneros, en sus seminarios y sus universidades y, preparados intelectual y superiormente a los teólogos de otros países implicados, se sentarán las bases de una reforma y recopilación integral doctrinal que aún está presente en parroquias e iglesias, y en los actuales católicos, en sus creencias. Se restablece el valor de la jerarquía eclesiástica, de las ceremonias, de los ritos y del culto a la Virgen y los Santos; se afirma la necesidad y el número siete de sacramentos; se reconoce el valor de las obras advirtiéndose que la fe sin obras es fe muerta; se niega la libre interpretación de la Biblia, ya que es tarea exclusiva del magisterio de la Iglesia y se proclama la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico oficial de la Iglesia; y por último, entre otras muchas disposiciones y decretos, se declara tanto la infalibilidad del Papa en materia de fe como se le proclama autoridad suprema de la Iglesia. El Concilio de Trento rompe definitivamente con las otras reformas, afirmando inexcusablemente lo que las otras rechazaban. En España, Felipe II promoverá vehementemente la implantación de la Reforma tridentina y su establecimiento, sobre todo en la educación o catequesis tanto de los niños como de los sacerdotes y religiosos; el clero empieza a formarse, a estudiar, para adoctrinar en la Verdad a sus adeptos.
Anterior al Concilio Tridentino, en 1540, Paulo III aprueba, a San Ignacio de Loyola, la formación como orden de la Iglesia Católica, de la Compañía de Jesús o Jesuitas. Curiosamente la fundación de dicha orden se realizó fuera de España, su país natal, lugar donde fue objeto de sospechas por parte de la Inquisición que provocaron su huida a Francia. San Ignacio aboga por un catolicismo activo y misionero, un ejército de soldados de Cristo cuya arma apostólica son los ejercicios espirituales, siendo obligado el apostolado tanto de sus miembros que son considerados como militantes como de todos los católicos; igualmente, reinventa los ejercicios espirituales de García de Cisneros, benedictino natural de Valladolid, que introdujo esta práctica espiritual en Montserrat (Barcelona); observó la necesidad del guía espiritual o director espiritual; dio un nuevo valor a la oración mental cotidiana y reconoció el valor de la mortificación o del sacrificio como medio de alcanzar la santidad. Las sumisión total e inexcusable al Papa fue plasmada en un cuarto voto; además de las promesas clásicas de pobreza, castidad y obediencia, añaden un juramento de fidelidad hasta el extremo hacia el Pontífice, en las palabras “perinde ac si cadaver”, es decir, “como si se fuera un cadáver”.
En España, la Mística y la Ascética alcanzará su cénit con Santa Teresa de Jesús. Nacida en Ávila en 1515, se paseará por parte de la geografía española en su empeño de fundar y renovar la Orden Carmelita, retomando la vida austera, la pobreza y la clausura. Pionera tanto en la oración, no como rezo, sino como conversación con Dios, diálogo con Cristo, o en sus palabras “conversación con aquel que sabemos que nos ama”, como en su escritura al utilizar un lenguaje cotidiano, cercano, con el objetivo de hacer meditar a las monjas pertenecientes a su orden, y para describir la íntima unión con Dios que consiguió en su afán de fundirse con él, de sentir su amor, y de compartir y describir, con una comparativa natural, no sólo lo que vive sino lo que sueña, en un continuo estar con Dios, su amado. Una relación no carnal, el culmen de la espiritualidad que renueva, vivifica, retoma o envidia en la fe; quien se acerca a sus escritos, se enamora del Dios de Santa Teresa, por la fuerza espiritual con la que redacta, ganándose seguidores no por ser soldado de Cristo como en el caso de San Ignacio, sino por la carga doctrinal, el amor que transmite, y la sencillez de su lenguaje. Es la descripción del amor puro, sin reservas, del amor maduro, del “solo Dios basta”.
La importancia de estos movimientos reformistas, católicos y protestantes, radica tanto en el valor de las ideas que plantean como en la novedad de pensar lo que piensan, en un ambiente amordazado frente a la Inquisición. En general, todos estos grandes pensadores y, especialmente los aquí mencionados, fueron en algún momento de sus vidas, investigados o instigados por la Inquisición. En el caso de San Ignacio, esto le llevó a salir fuera de España, a Francia, donde sentó las bases de su Compañía y, en el caso de Santa Teresa de Jesús, su reforma no fue del todo apoyada por la curia española y romana en un primer momento, y fue sospechosa de sus contemplaciones y estigmas, bellamente plasmados y, que escultóricamente se revive en el “Éxtasis de Santa Teresa” de Bernini, por ejemplo.

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