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Investigación Criminal: Caza al culpable

Si echamos un vistazo a todos aquellos sucesos criminales acontecidos tanto dentro como fuera de nuestras fronteras comprobaremos como el propio delito y la forma de cometerlo ha cambiado con el paso del tiempo a la vez que los métodos policiales empleados.

La investigación criminal que conocemos en la actualidad no es más que la heredera de aquella que vio nacer las Ciencias físico- naturales y sociales, surgidas en el siglo XIX. Es a partir de esta época cuando el crimen parece fortalecerse al producirse un acusado cambio en las formas sociales; es por ello por lo que la lucha contra estos elementos nocivos despertaría técnicas hasta la fecha impensables y de gran utilidad en la lucha contra el crimen.
Han sido cien años en los cuales las fuerzas del orden han pasado por muy distintas etapas, desde la de aprendizaje y experimentación hasta el actual increíble despliegue científico.

Tuvo que pasar un siglo para que la sociedad dejase de echar la culpa al demonio por las atrocidades cada vez que se veía atormentada por la evidencia de un mundo de terror cada vez más real presidido por un sinfín de personajes enérgicos y apasionados, memorables y deshonrados, trágicos y afortunados.
Cien años atrás se inicia un intenso combate contra el crimen y sus autores mediante revolucionarias aplicaciones como fueron las huellas digitales, las fotografías policiales y la valoración exacta a que se someten las pistas de un crimen (desde la huella de un zapato hasta unas invisibles motas de polvo en una chaqueta de un delincuente).

Más adelante, las aplicaciones de la toxicología en el esclarecimiento de crímenes llegarán a afianzarse como un verdadero sello indeleble en la identificación de sus autores. Las huellas dactilares o el estudio de las armas de fuego y el estudio de los disparos: la balística proporcionarán la respuesta a uno de los problemas más cotidianos como era la identificación de los delincuentes.
Pensemos que los detectives debían de recordar el mayor número posible de rostros de criminales para su posterior identificación en el caso de que reincidiesen, para lo cual presenciaban cada día en las cárceles el llamado desfile de presos, costumbre que ha sobrevivido. Es obvia la importancia que le daban a la memoria visual para el esclarecimiento de sus casos pero parecía, obviamente, no ser suficientes por lo que cada vez se hacía más necesario un sistema de identificación asequible.

El caso de Francia nos acerca a la cuna de la investigación policial, sus años de historia partían de la época napoleónica y, por entonces, millones de fichas abarrotaban los archivos de la prefectura. El fichero se había convertido en el auxiliar de la memoria pero este instrumento considerado fundamental para la identificación de criminales pasaría poco a poco a ser algo arcaico por lo que no había más remedio que recurrir a la eficacia inicial de la fotografía. El empleo de la foto, al no hacer perceptible al 100% los rasgos, acabó también por ser nula ya que la existencia e más de 80.000 fotos hacían materialmente imposible comparar los retratos de los recién detenidos con los de los reincidentes. Incluso la clasificación por nombres se hacía absurda como el archivo de datos personales sino existía una posibilidad de reconocer físicamente al fichado.
Hombres de distintas partes del mundo se dedicaron en cuerpo y alma al hallazgo de un método efectivo ofreciendo a las fuerzas policiales pertenecientes a distintas nacionalidades técnicas tan asombrosas como el método de Caín el que argumentaba que las medidas corporales diferenciaban a un hombre de otro y que se mantienen constantes a lo largo de toda la vida de un hombre.

Según los filósofos, la luz de todo conocimiento procede de oriente y fue desde allí (India, 1877) donde recibimos las primeras noticias de un novedoso sistema de identificación personal basado en las huellas digitales. A partir del descubrimiento de que las huellas de las manos no eran nunca idénticas a las de otros, que las curvas de las yemas de los dedos no cambiaban ni en 20 años aunque se padeciese una enfermedad por lo que hacía de este sistema mucho más fiable, y mediante un sistema de tampones y tinta en los dedos índice y medio, se intentó luchar contra el fraude de identidad y emplear un método probatorio y de identificación que podía revolucionar la investigación policíaca en todo el mundo.

Las huellas digitales tuvieron que pasar por una de las más duras pruebas en la lucha contra el gangsterismo. Los criminales se percataron en seguida del peligro al comprobar la eficacia del nuevo método e intentaron por todos los medios cambiar o destruir las líneas papilares de sus dedos. Los gangster llegarían a pagar incluso sumas fabulosas por operaciones de cirugía plástica, pero todos los esfuerzos resultaron vanos pues las líneas reaparecían siempre con el tiempo, al regenerarse la piel.
Poco a poco se irían descubriendo y aplicando distintas técnicas y esta vez sin ser sus descubridores objeto de mofa como había sucedido en un principio. En esta misma época la medicina forense da a conocer los secretos de los cadáveres, lo que luego pasó a denominarse medicina legal. Lo curioso es que a partir de unas manchas de sangre descubiertas en el lugar de un crimen, el examen de un cadáver o el hallazgo de indicios acusadores al examinar la escritura humana se podían extraer los rasgos del delito y el de su autor.

Desde los albores de la medicina forense, como toda la Medicina, ésta era una ciencia experimental por lo que los primeros laboratorios fueron los depósitos de cadáveres. En ellos, generaciones de forenses estudiaron las formas y fenómenos de la muerte violenta. Las colecciones de preparados reunidos durante décadas fueron la base para importantes decisiones criminalísticas.
De un descubrimiento se pasaba a otro casi por casualidad y de repente los estudiosos de la medicina forense se vieron ocupados en el estudio de las huellas que dejaba en las heridas de bala la pólvora sin humo, usada en las armas modernas de forma que se averiguase si se trataba de un suicidio o de asesinato.
Si tales huellas eran muy manifiestas, se podía deducir que el disparo que se había hecho a muy poca distancia, lo cual significaba un posible suicidio.
Un minuciosa investigación del orificio de entrada del proyectil y las pruebas prácticas desde varias distancias contribuían al descubrimiento. Por ejemplo, la falta de huellas demostraba que el disparo se había producido a mayor distancia y, por tanto, no se trataría de un suicidio.

Pese a que hubo muchos precursores europeos, EEUU fue cuna de la balística. A pesar de que su iniciador más importante fue Calvin H. Goddard fue el juez de instrucción austriaco, Hans Gross, el primero en emplear los logros científico-médicos en pos de la investigación criminal. Es hacia la misma época cuando un forense berlinés fotografió las balas extraídas de los cuerpos de personas asesinadas y las comparó con microfotografías de proyectiles disparados con las armas de los sospechosos.
Trabajos como los mencionados procuraron que la evolución de la balística forense se convirtiese en uno de los métodos más fiables, exhaustivos y certeros mediante asombrosos hallazgos. Un claro ejemplo lo encontramos en la ensayo realizada a partir de miles de disparos de prueba hechos con miles de armas cuyos proyectiles quedaban apresados en una masa de material blando, el resultado demostraba que toda arma de fuego deja signos inconfundibles en las balas y en los cartuchos.

Cada vez se descubrían métodos aún más asombrosos que el anterior y lo cierto es que, gracias al trabajo desarrollado por los científicos durante muchos años en otros ámbitos de la ciencia, se lograron descubrir otros tantos técnicas que fortaleciesen el trabajo del investigador; este es el caso de la toxicología y las técnicas químicas que permitían localizar un veneno en el cuerpo de un cadáver, incluso mucho tiempo después de su muerte. Sus investigaciones suministraron pruebas para distintos casos.
Cada vez se hacía más notable la necesidad de destapar la cantidad de muertes por veneno escondido, crímenes en su mayoría realizados por mujeres las cuales solían eludir cualquier tipo de condena. Para la resolución de estos delitos personalidades de la talla del forense y médico parisiense Orfila, nacido en Menoría (1787-1853), aportó su grano de arena en la Historia de la criminalística a través de sus adelantos en el campo de la toxicología.
Lo cierto es que el primer gran descubrimiento en el campo de la toxicología fue el realizado por el inglés James Marsh en 1836; a través del aparato de Marsh se podía aislar el arsénico contenido en líquidos y extractos orgánicos de los tejidos de un cadáver. El arsénico pasaba a formar parte del hidrógeno arsenioso y se precipitaba en un plato de porcelana colocado en un extremo del aparato. Con el intenso estudio realizado por muchos estudiosos llegaron incluso a aislar los venenos vegetales (alcaloides) en los tejidos de un cadáver.

Al igual que en la medicina legal, los avances en toxicología vinieron acompañados de nuevos y variados problemas. Ya Orfila había estudiado el dilema que representaba el arsénico en los cadáveres exhumados. La tierra de muchos cementerios contiene arsénico y era necesario descubrir si el mismo veneno procedía de un envenenamiento de la tierra que rodeaba a la víctima. La importancia de este hecho ha sido tal que, al igual que en siglos anteriores, en las exhumaciones realizadas en la actualidad se recogen no sólo partes del cadáver sino también muestras de tierra con el fin de comprobar la existencia de algún veneno como el arsénico.
Una de las innovaciones más importantes en el campo de la toxicología, después de la Segunda Guerra Mundial, fue la cromatografía sobre el papel de forma que se lograse aislar e identificar venenos. El crematograma nos muestra la presencia de somníferos luminar, veronal, dial, soneril, prominal y de otros cinco preparados que contienen barbitúricos.

Otro importante procedimiento toxicológico es la identificación de venenos mediante los cristales típicos que suelen formar. Los laboratorios reunieron colecciones de tales formaciones cristalográficas típicas, a fin de compararlas después con las formadas por venenos desconocidos.
Es a mediados del siglo XX cuando la toxicología se ve obligada a trabajar al mismo ritmo que los productores de nuevos venenos.

La revolución llega con el siglo XXI, muchas otras ciencias (la entomología, la botánica…) se suman al mundo de la investigación científica en la ardua batalla contra el delito cuando algo tan inimaginable como el análisis del propio ADN humano se convierte en mejor aliado para demostrar culpables.
Las noticias más recientes nos informan del uso, por parte de estos investigadores, de las armas de la ciencia y la tecnología punta para conseguir sus propósitos.

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...por Carolina Fontanals ...por Carolina Fontanals


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