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Hernán Cortés

Hernán Cortés, es uno de esos nombres que al oírlo evoca irremediablemente los aspectos más siniestros del ser humano, su nombre va asociado a la destrucción de toda una civilización.

Nació en 1485 en el seno de una familia hidalga, en Medellín (Extremadura). En un primer momento de su juventud, sus intereses se dirigieron hacia el estudio, en la Universidad de Salamanca, aunque abandonó esta opción de forma prematura para enrolarse en la aventura del Descubrimiento, y así en 1504, llegó a la isla La Española. Al poco de su llegada ya dejó entrever sus ansias de conquista al dirigir expediciones primitivas contra las tribus locales indígenas, cuya única provocación consistió en vivir en la mencionada isla. Lo más llamativo de los siguientes años fue una insatisfactoria aventura en Cuba. Pero la suerte de Cortés cambiaría a partir de 1517. Ese año se divisaron las costas de la península del Yucatán (cuyo nombre significaba en Maya “no entiendo tu idioma).

A la vuelta de esta expedición los miembros de la misma trajeron oro del futuro Méjico, aunque no en grandes cantidades. Sin embargo, eso no fue lo más importante ni lo único que los expedicionarios llevaron consigo de regreso a La Española. A su vuelta al asentamiento primigenio, la tripulación difundió por doquier los rumores que hablaban de un impresionante imperio de fabulosas riquezas, tesoros y majestuosas construcciones. Como consecuencia de esto se optó por el envío de una nueva expedición con el objetivo de encontrar el mencionado reino. Diego de Velázquez, extralimitándose en sus funciones, hace recaer tal honor sobre Cortés, previa firma de un pliego de instrucciones que regulaba la actuación del conquistador. Pero Cortés tenía otras ideas que no se correspondían con lo firmado. Cortés pretendía conquistar, colonizar y descubrir esas nuevas tierras y no simplemente explorarlas. Así pues, en 1519, a la edad de 35 años, Cortés se dispuso a alcanzar la gloria en vida por medio de la conquista del imperio Azteca. Arriba a las costas del Golfo de México, donde funda Veracruz, acto que por otra parte era abiertamente contrario a lo convenido con Velázquez. Sin embargo, esta localidad le serviría como cabeza de puente. A partir de aquí Cortés inicia una fulgurante carrera de conquista que le llevará desde Veracruz hasta Tenochitlán, gracias a la combinación de diplomacia y guerra.

Cortés desembarcó en el actual Méjico, contando con el apoyo de 13 naves pequeñas, 518 soldados, 32 arqueros, 13 mosqueteros, 16 jinetes y 110 marineros, apoyados por 32 caballos, 10 cañones y 4 falconetes, así como dos centenares de nativos y negros utilizados como porteadores y tropas de auxilio. Con este contingente relatado por Benassar, se dispuso a emprender la conquista de los aztecas, a los que había que añadir la ayuda prestada por Aguilar, doña Marina y Orteguita, tres traductores cuyas aportaciones para la mencionada empresa resultaron decisivas.
En aproximadamente 2 años, se consiguió la conquista del objetivo. Un tiempo récord si tenemos en cuenta la diferencia numérica entre los bandos contendientes. Sin embargo, la explicación es evidente: la superioridad de las armas europeas que combinaban el fuego y el acero frente a las armas de bronce y piedra pulida de los aztecas constituía una ventaja clara. Además, el papel jugado por los caballos fue básico, no sólo como arma de combate, sino también por el impacto sicológico que supuso para los nativos ver esos extraños animales. A todo lo dicho anteriormente había que añadir otros factores que ayudaban a explicar la relativa facilidad de la conquista. Entre ellos está el peso que ejercía el fatalismo profético, en virtud del cual, los aztecas tendían a considerar a los españoles como dioses, y sólo cuando ya fue demasiado tarde se percataron de su grave error e intentaron repararlo. Asimismo, no conviene olvidar otros dos graves problemas estructurales del imperio azteca. Por una parte, está el hecho de que los aztecas gobernaban de forma despótica a la multitud de poblaciones a las que tenían sometidas, así que cuando estas vieron la posibilidad de sacudirse el yugo de la dominación, lo hicieran, aunque el resultado fuera el cambio de una dominación por otra. Por último, hay que decir que la sociedad azteca estaba muy jerarquizada, así que una vez descabezada tuvo muchos problemas para reorganizarse.

Lo cierto es que el comienzo de esta epopeya no fue fácil y prueba de ello es que entre los conquistadores había algunos que no estaban dispuestos a seguir a Cortés en su aventura, a lo que el hidalgo de Medellín respondió con la ya mítica acción de quemar las naves.

A finales de 1519, entró en la capital azteca, donde fue recibido con amistosa cordialidad por parte de Moctezuma, quien recibió de Cortés trato de prisionero. Poco tiempo después de estos sucesos Cortés debe abandonar Tenochitlán para hacer frente a una tropa comandada por Narváez, que había partido desde Cuba con las órdenes de castigar al conquistador por insubordinación. Cortés derrota a esta expedición pero a su vuelta a Tenochitlán en junio de 1520, estalla un motín del que resulta muerto Moctezuma, y obliga a los castellanos a abandonar la ciudad y buscar refugio en Tlaxalca, en lo que se conoce como la noche triste. Desde Tlaxalca se preparó la contraofensiva que culmino en agosto de 1521.

Cortés regresó a España en 1528, donde fue colmado de títulos y riquezas, aunque Carlos V nunca lo recibió en audiencia y no le confirió ningún cargo para ejercer en el gobierno de los que sería el virreinato de Nueva España. Su última aventura la protagonizó en el ocaso de su vida, en 1540, cuando se embarcó en una operación a Argel. Murió en Sevilla en 1547.

Como vemos, podemos concluir que la vida de este conquistador se caracteriza por una perfecta alternancia de luces y sombras. No es de extrañar por lo tanto que exista una disparidad de juicios sobre su vida. Si volvemos la vista atrás y releemos lo que acabamos de escribir, podemos observar que toda la vida de este hidalgo extremeño está jalonada por hitos que nos muestran un carácter aguerrido y una voluntad decidida y firme. Sirva como ejemplo traer de nuevo a colación algunos de esos hechos tan significativos que con anterioridad mencionamos, como es el caso de su desobediencia manifiesta al excederse en sus funciones cuando desembarcó en lo que hoy conocemos como Méjico y procedió a la fundación de asentamientos, sin olvidar otro hecho de enorme trascendencia que impresionó no sólo a su tropa y a sus contemporáneos, sino que la decisión de hundir su propia flota, que es el hecho al que nos referimos, sigue provocando en la actualidad una gran admiración. Parece indiscutible que estas hazañas acrecentaran en vida de Cortés su fama y su prestigio, no obstante, el conquistador de los aztecas acabó sus días sin la gloria que había alcanzado.

De todas formas, su vida sirvió de ejemplo para otros que como Pizarro quisieron emularlo. Como no podía ser de otra forma, la figura de Cortés está envuelta en la polémica y la controversia. Unos destacan su carácter intrépido y sus logros militares, otros por el contrario prefieren poner el acento en su ambición desmedida y su constante crueldad. En cualquier caso, el nombre de Hernán Cortés, está escrito con letras mayúsculas y por derecho propio, en las páginas de la Historia.

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