Si nos remontamos a los orígenes de Amón apenas podemos hablar, más o menos, de algo parecido a un dios de “segunda”, un creador oscuro que residía en un pequeño santuario en la región de nomo del Cetro (IV del Alto Egipto) y cuyo dios principal era Montu.
Como vemos los comienzos no fueron como luego algunos libros de Historia lo ha dado a conocer, no siempre ha sido un culto masivo ya que entre la población coetánea al Reino Antiguo apenas tenía un seguimiento destacado y su devoción no parecía ir más allá de la región pero estos días estaban contados ya que de ser una deidad casi desconocida, con el paso del tiempo, se convertiría en Amón, el oculto, la personificación del poder que lleva al abismo más primitivo; el dios al que no se le puede mirar con ojos mortales debido a su invisibilidad tanto para los hombres como para el resto de los dioses. Amón, divinidad asociada al aire, la brisa, protector de los navegantes… hasta con sólo pronunciar su nombre en los cocodrilos se observaba un apaciguamiento semejante al amansamiento.
Con la XII Dinastía llegaría el reconocimiento de Amón; una vez instaurada dicha dinastía sus faraones reemplazarían a Montu como patrono de la provincia y, aquel pequeño dios de aquel inhóspito santuario, se convertiría en una de las deidades más importantes y su santuario, en el templo dinástico. Sus representaciones hacen alusión a una cabeza humana
Exacto, no sería hasta el Imperio Nuevo cuando lograría alzarse como la deidad más importante; hasta entonces, tendría que pasar por un lento proceso en el que, poco a poco, iría equiparándose a Ra. Es en este mismo momento cuando se le empieza a denominar Amónrasonter, que significaba “Amón-Ra, rey de los dioses”.
Por entonces, cada ciudad tenía una tríada de dioses (consta de un padre, una madre y un hijo); en el caso de Tebas eran Amón, Mut y Jonsu. Cuando Tebas se convierte en la ciudad con más influencia, en donde concurre la vida del faraón y se desarrolla la política….Amón y su triada se convierten en dios protector de la monarquía y del Estado.
El autor de este vertiginoso ascenso fue el faraón Sehetepibre Amenemes I (1991-1962), fundador de la dinastía XII y cuyo nombre significaba Amón esta en cabeza; tras su llegada al trono de Egipto y la elección de la ciudad de Tebas como centro neurálgico del imperio marcarían un antes y un después en muchísimos aspectos que rodena al gobierno del Antiguo Egipto pero en el caso referente a la religión ese hito dejaría una huella que continuarían sus sucesores sumándose a la exaltación del culto a Amón con actos y obras tan magníficas como fue la construcción del templo de Amón-Ra (su autor, Amenemhat I).
Se dice que uno de las bazas más determinantes en el culto a Amón fue el clero y el enorme poder e influencia que tenían en el desarrollo social y político de entonces; también se cuenta que dichos sacerdotes estaban entre los más ricos de Egipto ya que contaban con tierras, depósitos, tributos… llegados de las provincias y ganados, contando con un amplio número de trabajadores a su cargo. Esta riqueza no haría más que fortalecer el poder del clero de Amón y el culto hacia dicho dios.
Por otra parte hay que añadir que otra gran ventaja determinante fue la expulsión de los hicsos.
En el nombre de cada faraón se empezaría a incluir el nombre de Amón (Amenemhat:”Amón está en cabeza”, Amenhotep, Tut-anj-Amón: “Imagen viviente de Amón”, Amenemopet: “Amón está en Luxor”; etc.) como demostración de la expresa profesión hacia dicha deidad.
Como hemos indicado con anterioridad, el mayor apogeo de dicho culto se localizaría cronológicamente entre 2000 y 1780 a.C. (Dinastía XII), momento en que llega a ser considerado como “el dios único que se convierte en millones”, definición que se entendía como que el resto de los principales dioses eran meras manifestaciones de Amón, el dios principal, el verdadero. Está claro que aquel que habita en todas las cosas es un título más que generoso que justifica la exaltación que ha hecho la Historia Antigua de Amón como ejemplo categórico de dios supremo de Egipto, esencia de todo el Universo. Ahora sí que sí.
Al trasladar la capital del imperio egipcio a Tebas, ciudad que sería también conocida como la ciudad de Amón; el gobierno del faraón empezaría su andadura realizando una serie de cambios en los que se contemplaría la elaboración de un sistema cosmogónico con el que se lograba dar, a dicha deidad, una antigüedad aún mayor que la de los otros dioses. Amón era la deidad principal a partir de la cual llegaron al ser todos los dioses es por ello por lo que los dioses le hicieron jefe de la Eneada y que, según el mito egipcio, fue el dios que surgió del huevo situado en la colina emergida de las aguas primordiales.
Fue durante el reinado del faraón Amenofis IV (faraón de la XVIII dinastía, cuando el culto a Amón sufre una furia iconoclasta, el hijo de Amenofis III y marido de Nefertiti decide monoteizar la religión egipcia y otorgar la exclusividad al dios Atón concibiéndolo como un dios único, universal.
El que se cree el primer monoteísta cambió su nombre por el de Akenatón que significa ’Atón está satisfecho’. Trasladó la capital de Tebas a la ciudad de Akenatón, en el actual emplazamiento de Tell el-Amarna, convirtiéndola en una nueva ciudad dedicada a Atón, y ordenó la destrucción de todos los restos de la religión politeísta de sus ancestros.
Sus grandes enemigos dentro del imperio fueron los sacerdotes que ejercían el culto a Amón, contra ellos se instauró una cruel lucha con un relativo éxito ya que, durante su reinado, se extendería hasta tal punto el culto al dios Atón que incluso en el arte y la literatura se producirían importantes cambios; pero debemos hablar de una victoria relativa ya que, tras su muerte, la llegada al trono de su yerno Tutankamón haría desparecer este intento de monoteísmo y resurgiendo la antigua religión politeísta con Amón a la cabeza, nada más restaurar la capital de nuevo en la ciudad de Tebas.
El que sería último faraón de la XVIII dinastía del imperio egipcio, no desperdiciaría ni un segundo de su mandato y lograría la gran hazaña para con su pueblo de devolver la estabilidad al reino. El enorme vació de memoria que tenemos tras la escasez de restos documentales acerca del faraón y su gobierno no nos ha impedido la reconstrucción de esta breve sinopsis del culto a Amón pero no deja de ser cierta la necesidad de terminar este artículo con algo más que la mera afirmación del resurgimiento de Amón y su continuidad en el periodo ptolemaico (en el cual se le aplicó el atributo de “Eterno”) hasta que Ptolomeo IX Soter, para sofocar una rebelión nacionalista, no duda en saquear la ciudad de Tebas con importantes y nefastas consecuencias para al culto de Amón. Este rudo golpe y las calamidades de la naturaleza con un terremoto en el 27 a.C. sustituiría gradualmente el culto de Amón por el de isis y Osiris.
Arquitectónicamente, este culto vendría representado en distintas formas. En la ciudad de Karnak, la representación del dios (Amón Kamutef) es la de una cabeza de carnero ya que se decía que era su animal sagrado. Son bien conocidas las fiestas que se organizaban en su honor en la ciudad de Luxor, en la fiesta de Opet la deidad seguía un recorrido al estilo de una procesión en concepto de visita de Karnak a Luxor; la fiesta del Valle unía Karnak hasta del valle el templo de Mentuhopet II en Deir el-Bahari y que terminaba en Medinet Habu para visitar a Kamutef e Ir-ta.
La Biblia y centenares de escritos griegos citaban a esta divinidad y su culto, los propios griegos llegarían a equiparar a Amón con el mismísimo Zeus y no son pocos los relatos en que la ciudad de Tebas es también denominada como Dióspolis o Ciudad de dios. Se ha encontrado dentro del Papiro de Berlín unas líneas en donde e le atribuye el apelativo de padre de todos lo dioses y de todos los hombres.

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Literalmente Amón significa “el oculto” y, a pesar de que era considerado el creador de todas las cosas, existen pocas historias acerca de él.