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El 18 de octubre de 1945: el mito revolucionario (y V)


(Anteriores posts sobre el tema: I , II , III y IV).
La solución: el mito revolucionario de la unión cívico-militar

Son conocidas las crónicas de aquellos días, las reuniones que efectuaron los militares de la joven oficialidad con los dirigentes de AD para llevar a cabo el golpe, y especialmente para legitimar su acción con el apoyo del partido más popular de la oposición a Medina Angarita. Todo el problema con las candidaturas, la locura de Diógenes Escalante, la no aceptación del nuevo candidato (Biaggini) y el peligro de la vuelta al poder de López Contreras. Todo esto ha sido discutido y contado hasta la saciedad. A nosotros nos interesa especialmente el problema del cambio de actitud de AD, su “atajo insurreccional” (como el propio Betancourt lo llamó) frente a una trayectoria antimilitarista y antigolpista. No podemos saber qué pasó por la mente de los dirigentes civiles involucrados en esos momentos, ni si quiera saber qué hubiera ocurrido si la candidatura de consenso entre el gobierno y AD hubiera funcionado. En caso de ser así, ¿AD no habría apoyado el golpe?, ¿se hubiera dado el golpe?, ¿el golpe lo hubiera hecho López Contreras?; son preguntas sin respuesta. El hecho cierto es que el golpe le facilitó la llegada al poder a AD de manera mucho más rápido de la que le hubiera tomado con la nueva Constitución de 1945, a pesar de las intenciones que había mostrado Escalante de instaurar el sufragio universal. AD tenía el poder, y fue coherente con su meta fundamental: las reformas electorales y políticas de ampliación de la participación popular. La justificación del cambio de actitud tuvo que realizarla la Generación del 28 en pleno, no sólo AD; todos los civilistas aceptaron la realidad del golpe por sus consecuencias inmediatas: llegar al poder y hacer los cambios soñados. Pero ¿bastaba esto para justificar lo que podría considerarse un “pacto con el diablo”, al rechazar más de 10 años del cultivo de un civilismo radical y puro?.

Era claro que no bastaba, se debió crear un nuevo discurso que justificara lo más evidente del 18 de octubre: el ser un golpe de Estado, un pronunciamiento militar común y corriente. Para lograr tal objetivo se debía cambiar la visión del actor principal: la Fuerza Armada. ¿Cómo decir que el ejército que dio el golpe no es el mismo que fue creado por el gomecismo y había mantenido en el poder a los herederos de este por 10 años?. La respuesta en parte estaba en la profesionalización, en la modernización del mismo; y producto de este proceso fue que el alzamiento lo llevaron a cabo los jóvenes oficiales frente a los rezagos del caudillismo (los generales “chopo de piedra”), aunque el Presidente de la República no era de estos generales. El alzamiento tenía como objetivo seguir la tendencia institucionalizadora, era la ruptura definitiva con el personalismo; y se veía “arropado” a su vez con una alianza política a los que representaban la modernización política (el sufragio universal, el civilismo). Este no era el mismo ejército gomecista, o lopecista o incluso medinista; esto fue lo que se quiso mostrar; y las acciones de reforma de la institución militar lo demostraron (imposición de la meritocracia, mayor formación, incremento del sueldo y de la seguridad social, mejoramiento del parque militar, etc.)[1]. Hacer tal cambio en los militares no era una reforma cualquiera, era una verdadera revolución en un país con una tradición de culto al hombre de armas. Los militares eran revolucionarios, además, porque anhelaban – según este discurso – asumir el papel que el civilismo les daba: ser defensores de la libertad, ser republicanos. Con estos “soldados” los civiles si se podía aliar pero… ¿para llevar a cabo un golpe? ¿para abandonar la política civilista?.

Se podría decir que los militares estaban más cerca de los civiles, según lo anteriormente explicado; pero, y: ¿los civiles de los militares? ¿se puede civilizar la violencia de un golpe de Estado realizado por el ejército?. En este aspecto la contradicción era evidente, y se tuvo que caer en una legitimidad posterior a los hechos. El apoyo popular abrumador a AD en las elecciones del Trienio “demostraban” que el 18 de octubre estuvo justificado, el pueblo lo aprobaba con el apoyo electoral a sus actores y sus reformas. Los cambios eran revolucionarios, e incluso las vías políticas de toma del poder también lo eran en el sentido de no ser una insurrección sino un golpe de Estado y no ser fruto de la alianza de caudillos sino de la unión de un partido político y un sector del ejército, los dos nuevos actores que aparecían por primera vez en el espacio político[2]. El considerarla una revolución tal como lo hizo el régimen que instauró AD desde ese momento, llevó a “santificar” la unión de civiles y militares siempre y cuando sus metas fueran hacer una revolución. El civilismo perdió su pureza original, y desde ese instante no pudo deslastrarse de la presencia de los militares. Las nuevas intervenciones militares, se tratarán de justificar en la presencia de los civiles y por la magnitud o bondad de sus objetivos. El 18 de octubre había creado una nueva forma de actuar en política, marcando el momento fundacional de nuestra democracia; y no sólo se puede reducir a un cambio de élite en el poder y a la irrupción de las masas a la política, tal como señalamos en la introducción siguiendo a Manuel Caballero. El mito del 18 de octubre permitió un 23 de enero de 1958, pero también un 4 de febrero; y la historia no ha terminado.

Citas

[1] Ibid.

[2] Manuel Caballero, ob.cit., 1998, p. 95.

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- [Fuente Original]








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