La herejÃa cátara fue perseguida, maniatada y erradicada por la presión de los tribunales de una omnipotente iglesia católica, auto-investida como única y verdadera garante de la interpretación de las sagradas escrituras.
Es frecuente calificar a la Edad Media Europea como época de oscurantismo, de bárbara irracionalidad e imposición religiosa, y pudiera ser cierto, y lo es, sobre todo, por la dura represión de la Curia Romana; sin embargo, muchas corrientes, calificadas como heréticas, procedentes de Oriente, insuflaron un aire renovador a las parciales e interesadas interpretaciones de las antiguas escrituras.
La herejÃa cátara, se conoce como hereje a cualquier persona que se aparte del camino establecido, la herejÃa cátara, o religión de bons homes, alcanzó su mayor implantación, aceptación e influencia en el Languedoc, es decir en el sur de Francia, en los siglos XII XIII y XIV. Pero su origen se remonta a los albores del cristianismo. El apelativo cátaro, del griego puro, alberga un número elevado de sectas provenientes de las primeras comunidades cristianas; entre ellas cabe destacar a: los novacianos, cuya aparición se data en el siglo III; los paulicianos, surgidos en el siglo IX; o los bogomilos, siglo IX. Su teologÃa dual y estricto ascetismo conforman el eje central y común de sus creencias. Para ellos, el universo se compone de dos naturalezas en conflicto, dos mundos antagónicos: el de Dios, o espacio espiritual; y el de Satanás, o espacio material, afÃn al cuerpo y a sus debilidades. No admitÃan que Dios fuera el creador del mundo, ya que percibÃan la vida terrenal como un infierno transitorio. Cabe destacar la influencia que las doctrinas del sabio Persa Mani (216- 276 a. C.) creador del ManiqueÃsmo, corriente en perpetua contradicción y desencuentro con los dogmas impuestos por la curia romana, ejerció sobre ellos.
Pero no fue esta división cosmológica la que propició el arraigue de los preceptos cátaros en el tercer estado, la clase popular, sino la ineptitud del clero y la falta de sensibilidad de éstos para con sus feligreses. Los cátaros tenÃan la capacidad de acercarse al vasallo de las florecientes urbes con predicas mucho más entendedoras, tolerantes, consideras y en su lengua. La curia romana, por su parte, condenaba la vida secular, vida fuera del sacerdocio, la consideraba origen del mal, censuraba la figura de la mujer, a la que creÃa la representación del maligno; de esta manera, la salvación del alma resultaba poco menos que imposible, y se limitaba a los propios frailes, a los nobles, quienes por medio de bulas papales o su participación en las cruzadas, limpiaban su alma, expiaban sus culpas, o al rey. Asà pues, es el modus vivendi de los cátaros, quienes basan su existencia en una austeridad espartana, su proximidad, viven en las ciudades y lo hacen de su trabajo, no exigen diezmos por sus prédicas en lengua vulgar, presentan vÃas alternativas para obtener la salvación del alma, tratan con decoro a la mujer, lo que les permite enraizarse en la cotidianeidad de los nuevos ciudadanos, comerciantes, artesanos, obtener de ellos su aprecio, y convertirlos en una orden popular, no sólo entre los siervos, si no también entre los propios nobles. Raimundo IV fue el primero en otorgar su protección, y a él se unieron la casa de Albi, la de Trencacavel, la de Carcasona, o la de Foix entre otras.
La instauración de la iglesia cátara es un hecho y su primera evidencia data de Mayo de 1167, gracias a un documento, de no muy aclarada procedencia, encontrado por Guillaume Besse en el siglo XVII. Dicho manuscrito detalla como el pope Nicetas, en el castillo de Saint-Felix de Caramon, confirió el consolament, bautismo de los cátaros, a un gran número de feligreses. También expone como fueron ordenados seis obispos y se delimitaron los territorios de las diócesis de Albi, Tolosa, Carcasona y Agen. La herejÃa se erige como iglesia y fija su dogma.
De entre las prácticas de la nueva iglesia, es necesario destacar que, leen el Nuevo Testamento en lengua occitana y apenas prestan atención al Antiguo; practican la castidad; se organizan en obispados independientes; no comen carne; Cristo es el enviado de Dios; no veneran la cruz; emplean la imposición de manos; rezan el Padrenuestro; comparten el pan in memóriam, sin aceptar la reencarnación de Cristo en él; anuncian la salvación de todas las almas; creen en la reencarnación como vÃa de expiación; practican ayuno; asà como, el aparelhament, confesión penitencial; o la convenenza, extremaunción.
El Vaticano combate la instauración de la nueva iglesia, no sólo por sus desviaciones dogmáticas, sino por el poder que aglutina la nueva institución y la posición desfavorable, a los ojos del tercer estado, en la que quedan sus oficiantes. Gran parte de los ciudadanos protege a los cátaros, por lo que, la curia, en principio, opta por emplear el diálogo para acercar a los herejes al dogma católico. El Concilio de Tours (1163) es utilizado para requerir a los nobles que no apoyen a la nueva iglesia. El vizconde Roger de Trencavel y el obispo cátaro de Tolosa, Bernard Raymon, son excomulgados, pero no se toman grandes represalias contra ellos. Sin embargo, en el Concilio de Letrán (1179) se produce un cambio y se aprovecha para concienciar al catolicismo de la necesidad de una intervención bélica.
En 1184 el vaticano impone la pena de fuego para los herejes. El pontificado de Inocencio III (1198-1216) dinamiza la persecución. En 1199 el Papa dicta para Italia, que se confiscarán las tierras y será proscrito todo aquel que se desvÃe de la doctrina pontificia. Éstos, entre otros preceptos, propiciarán la formación del sagrado tribunal de la Inquisición. En 1203 son los cistercienses, una orden monástica fundada en 1098 por un grupo de monjes benedictinos, los que combatirán, con escaso éxito a los herejes. Raimundo VI de Tolosa resiste a las presiones del Papa y no acepta actuar en contra de los cátaros; por lo que, es excomulgado por Pierre de Castelnau, quien es asesinado. Este asesinato, poco esclarecido, se cree que promovido por la propia iglesia católica para utilizarlo de subterfugio, es la justificación que da origen a la guerra contra el cátaro(1209-1229).
Inocencio III declara la guerra cristiana contra los herejes y promete a los cruzados tierras e indulgencias; por lo que, el número de guerreros en lista es muy elevado. La simpatÃa del tercer estado por los cátaros divide a la sociedad, lo que provoca una cruenta guerra civil en el Languedoc. A finales del 29 Raimundo VII claudica ante el rey Luis IX y firma el tratado de Meaux, por el que se compromete a perseguir a los herejes. Sin embargo, el movimiento hierático no fue suprimido completamente. El poder del fuego en forma de piras multitudinarias ahuyentó a la aristocracia de sus prédicas; pero no a los vasallos, quienes atraÃdos por el suplicio hereje se sienten más identificados que antes. Los preceptos cátaros se predican clandestinamente, reciben el apoyo de los proscritos; han perdido sus posesiones, pero su poder aumenta en la sombra. Lo que confiere preponderancia total a la batalla en los tribunales inquisitorios, que queda en manos de dominicos y franciscanos. Se suceden las capturas, los suplicios por medio de hogueras, los juicios, las confesiones, las denuncias. La resistencia cátara es diezmada brutalmente. En Tolosa en 1235 se produce un motÃn popular, aplastado por las tropas francesas, en protesta por los métodos de la inquisición. Finalmente Tolosa cayó y en 1244 fueron quemados los últimos obispos y diáconos de la orden.
Sólo unos pocos lograron huir a Italia, donde se reagruparon con la intención de retornar a sus tierras y predicar de nuevo. Pero las disposiciones de la Inquisición lo impidieron. A principios del siglo XIV fue constituida una pequeña iglesia en la Gascuña, erradicada implacablemente por los inquisidores. El último reducto, localizado en los Balcanes, fue aniquilado tras la conquista turca. La historia nos hace creer que el Vaticano logró acabar con ellos; sin embargo, muchos son los que piensan que parte de su doctrina, sensibilidad y visión cosmológica del mundo influenció a otros movimientos europeos en oposición al poder totalitario del Vaticano.

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