Carlos II, El Hechizado, nació en Madrid en 1661, fruto del matrimonio protagonizado por su padre, el rey Felipe IV, con su esposa, Mariana de Austria.
Durante su corta existencia, este monarca fue el ejemplo viviente de la insana costumbre cortesana de organizar matrimonios dentro de la propia familia real, es decir, lo que habitualmente se conoce como endogamia. Los riesgos de esta práctica son muy elevados por cuanto que no se aporta material genético renovado a las nuevas uniones y el resultado es el nacimiento de hijos que presentan notables deficiencias tanto fÃsicas como mentales.
Este es el caso del personaje que nos ocupa.
Carlos II fue a lo largo de toda su vida una persona débil, enfermiza e incapaz. Resulta evidente pensar que toda su trayectoria vital, tanto polÃtica como personal, estuvo profundamente condicionada por estas taras mentales a las que acabamos de aludir. Pero de todas formas, no podemos culpar a la personalidad de este rey de todos los problemas que afectaron a la monarquÃa Hispánica. El origen de estos habrÃa que buscarlos varios años antes del nacimiento de Carlos II. Sin embargo, con la misma rotundidad podemos afirmar que los graves problemas que afligÃan a la Corona necesitaban una mano firme y una voluntad decidida para darles respuesta, de tal forma que la figura de este rey, no contribuyó en nada a la hora de dar una solución. Lo cierto es que la situación en la que se encontró era compleja.
Su padre, el rey Felipe IV, murió en 1665, cuando Carlos contaba sólo cuatro años de edad. En esta coyuntura, Felipe IV habÃa dispuesto en su testamente que la regencia que se encargara del gobierno hasta la mayorÃa de edad del infante no estuviera controlada por un único válido. A tal efecto, el monarca decretó que fuera la reina Mariana la que actuara como regenta y supervisara todas los avatares que rodeaban al infante Carlos, hasta que este fuera proclamado rey cuando alcanzara la edad de catorce años. Para esta tarea, la regenta iba a contar con el apoyo de una Junta de Gobierno. A pesar de los deseos de Felipe IV, tendentes a evitar la aparición de un válido, esto no fue posible y como consecuencia del favoritismo de la regenta, surgió la figura del jesuita Nithard, que acabó actuando como primer ministro. Tal actuación contradecÃa lo establecido en el testamento de Felipe IV, por lo que del interior de la Corte surgieron dos grupos: por un lado estaban aquellos que querÃan reforzar el papel de la Junta , y en el otro los que querÃan contraponer a Nithard la figura de Don Juan de Austria. Este hombre fue el resultado de una aventura de Felipe IV con una actriz, pero pese a no ser el fruto de una unión real y legÃtima. Gozaba de las simpatÃas de amplios sectores cortesanos por su papel destacado en los conflictos que la Corona habÃa sostenido en los últimos tiempos. La tensión entre estos dos hombres llegó incluso a hacer que Don Juan reuniera una fuerza armada en 1669 con la que poder presionar a Nithard. El caso es que Nithard fue destituido y Don Juan cambió las intrigas de palacio por el desempeño de otras funciones en la corona de Aragón. Asà pues, de 1669 a 1673, la reina, actuó, en su función de regenta con el asesoramiento de la Junta de Gobierno, de acuerdo con la voluntad de Felipe IV. No obstante, en 1673, surgió la figura de Valenzuela, con unas actitudes que parecÃan emular las de Nithard.
Durante la etapa de influencia de Valenzuela, el infante Carlos, se convirtió a la edad de 14 años, en 1675, en el rey de la MonarquÃa Hispánica, con el nombre de Carlos II.
Ahora bien, la coronación no resolvÃa ni mucho menos, todos los problemas que afectaban a sus dominios. El débil y enfermizo rey, estaba incapacitado para gobernar, de tal forma que su reinado se caracterizó tanto por sus problemas personales (enfermedades y depresiones) como por su incapacidad en las actuaciones polÃticas, medidas legislativas o expediciones militares. Con este panorama podemos entender, perfectamente porque la Junta de Gobierno, no se disolvió al alcanzar Carlos II la mayorÃa de edad, momento en el que accedió al trono. Pero de todas formas, aunque esta disolución no fue inmediata, acabó por producirse en 1676, debido a que la reina Mariana, concedÃa al ya mencionado Valenzuela los cargos de valido y primer ministro.
Este nombramiento no sentó nada bien a amplios sectores de la aristocracia y las altas esferas de poder, que expresaron su malestar apoyando a Don Juan en sus pretensiones.
Sabedor de este apoyo, don Juan, desde Aragón, aglutinó en torno a su figura, a una fuerza que contaba con varios miles de hombres, y que tenÃan como único propósito, hacer valer las aspiraciones de su comandante. Como secuencia inmediata las huestes de don Juan se prestaron a partir desde su asentamiento en Aragón hacia Madrid, la capital del reino. Como resultado, y pese a que no existió un enfrentamiento armado abierto, la facción de Don Juan, consiguió los objetivos que se habÃa marcado y la destitución de Valenzuela fue un hecho. La desgracia de Valenzuela no acababa aquÃ, porque tras su degradación le siguió la expulsión a Filipinas, de donde partirÃa pasado el tiempo hacia América con la intención de regresar a la PenÃnsula, cosa que nunca se produjo, pues murió en su exilio americano.
Ajeno a todos estos avatares, ensimismado, y con su patética existencia, la vida del monarca transcurrÃa dominada por el influjo que ejercÃa su madre sobre él, y por sus continuas enfermedades que no cesaban, y le complicaban aun más su dÃa a dÃa. Asà pues, las semanas se sucedÃan y las estaciones pasaban, pero su vida era una rutina con más pena que gloria. Trágico destino para el último de los Austrias. Entretanto, Don Juan acumulaba en sus manos los poderes y manejaba las riendas del Estado. Estaba en un momento glorioso tras una vida dedicada a la guerra, sin embargo, esta situación no se prolongó demasiado y Don Juan no pudo disfrutar de sus poderes durante mucho tiempo, ya que en 1679, morÃa tras un mandato caracterizado por la crisis económica y las guerras contra Francia.
En ese mismo año al que aludÃamos de 1679, Carlos II contrajo matrimonio con una sobrina de Luis XIV, MarÃa Luisa de Orleáns. Entre los miembros de la corte se sostenÃa la idea de que un heredero de Carlos II podrÃa ser sumamente beneficioso para reconducir la calamitosa situación de la MonarquÃa, una vez fallecido o destituido Carlos II. Evidentemente, las implicaciones que llevaba aparejado este matrimonio eran de una dimensión extraordinaria, como posteriormente se encargarÃan de demostrar los acontecimientos. De todas formas, esta unión, no consiguió dar sus frutos en forma de un heredero, por lo que el rey Carlos II, una vez fallecida su primer esposa, volvió a probar suerte con un nuevo matrimonio. La candidata, esta vez, no era otra que Mariana de Neoburgo. Pero lo cierto es que al igual que habÃa ocurrido con su primer matrimonio, este tampoco consiguió aportar descendientes a los que legar el control del reino. Razón por la cual, Carlos II, vivió sus últimos años sumido en una depresión agravada por las ingerencias y presiones diplomáticas que recibÃa de las potencias europeas, especialmente de Francia, para que nombrara una sucesor.
En estos momentos difÃciles en los que incluso recurrió a los exorcismos, tuvo su único momento de lucidez y nombró heredero de sus posesiones al nieto de Luis XIV, Felipe de Anjou.
El 1 de noviembre de 1700, morÃa el último Austria después de una vida triste y que en nada se parecÃa a la que habÃa llevado el primer rey de esta dinastÃa, Carlos I.

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Carlos II, llamado el Hechizado, era un hombre de constitución enfermiza, débil y de poca capacidad mental. No me extraña que durante su reinado sucediera todo lo que sucedió.
Cierto es que Carlos II el Hechizado fue un hombre poco dotado, tanto fÃsica como mentalmente, aunque no por ello deba considerársele retrasado en modo alguno.