Carlomagno, rey de los francos y emperador de los romanos, se nos ofrece esquivo entre la realidad y la leyenda.
En el rey más señero de toda la Edad Media se muestran las contradicciones de dos mundos, el bárbaro franco y el envejecido romano, unidos por el cristianismo y la política.
Nieto de Carlos Martel, primogénito de Pipino el Breve, su reinado debía de ser la culminación de un proceso comenzado décadas antes. Carlos Martel, mayordomo de palacio del rey franco, constituye el auténtico poder frente a los últimos reyes títeres merovingios, que se consumían en su propia desidia. Pipino el Breve da el golpe de gracia a la dinastía destronando a Childerico III. Rey es el que reina, y esta legitimidad a la usurpación la aporta el Papa que lo corona rey de los francos.
Carlos había nacido en el año 742; impregnado pronto del espíritu bélico, sería ungido rey junto a su hermano Carlomán en el año 768. Las desavenencias hicieron mella y sólo la temprana muerte de Carlomán evitó el enfrentamiento. El año 771 ve como el primogénito se convierte en señor único del reino franco. Su política no será original, irá por los mismos cauces que marcaron sus antepasados, pero la concentración y velocidad de aplicación de sus medidas nos hablan de su talento y decisión. Aquisgrán será su capital, un espejo de Roma que en lo político y en lo cultural Carlos y su mentor Alcuino querían edificar, verdaderos arquitectos de la cultura carolingia.
Su labor militar será espectacular, basada en una guerra sin cuartel en todos los frentes. La guerra era un elemento cultural indisociablemente unido al pueblo franco, una auténtica institución superior. De este modo, impuso obediencia a los territorios que le debían sumisión como Aquitania o Baviera. Espoliado por la labor evangélica Carlomagno fundiría labor militar y religiosa, él como “soldado de Dios” estaba obligado a convertir a la verdadera fe a los pueblos bárbaros que amenazaban el reino. Así lo hizo con sajones y los frisios, aguerridos bárbaros y paganos que fueron sojuzgados de la forma más sangrienta, guerras como la sajona que duró más de treinta años. Cayeron los ávaros, pueblo seminómada asentado en el Valle del Danubio, cuyas riquezas dejaron atónitos a los propios francos. Y cayeron los pueblos eslavos que se integraron en la órbita carolingia, más por la Biblia que por la espada.
Si éstas habían sido las conquistas gloriosas también hubo importantes fiascos. En Bretaña los aguerridos bretones mantuvieron su independencia. El intento de afianzar la frontera pirenaica, se produce en el año 778 con la llamada de los gobernantes musulmanes de Zaragoza y Barcelona, para que respaldasen su insumisión frente a Córdoba, hecho que produce la legendaria expedición de Carlomagno a la Península Ibérica, donde Zaragoza en última instancia cierra sus puertas al rey, en cuya retirada por Roncesvalles es atacado por bandas de vascones que aniquilan su retaguardia dirigida por el conde Rolando, dando origen a la épica “Canción de Rolando”. La campaña hispánica sería retomada años más tarde, en el 801 toma Barcelona estableciendo en territorio musulmán la frontera, “la marca hispánica”, que llevaría hasta el Ebro. Al final de su reinado aparece un enorme tumor, los vikingos, que arrasaron esporádicamente las costas septentrionales con gran impunidad.
En Italia, la llamada del papa Adriano, acosado por el rey lombardo Desiderio, fue recogida con prontitud por Carlos, en el año 773 pasa los Alpes y toma la capital Pavía, anexionando la corona lombarda. La entrada en juego del complejo mundo italiano es un crisol de hechos y posibilidades para los que quizás su mentalidad franca no esté preparada. Si el Papa legitimó la usurpación de la corona lombarda, ahora pedía la integridad y el respeto para los Estados Pontificios, la llamada “donación de Constantino”, ficción inventada y reconocida por Pipino, que suponía un reconocimiento territorial y político, un espaldarazo a la tutela de Bizancio.
Carlomagno era considerado cabeza y defensor de la Iglesia; la idea de recuperar el título imperial en el occidente cristiano era trabajaba por Alcuino y su círculo. Hasta la fecha sólo había un emperador, el bizantino, heredero romano de la partición de Teodosio. Pero con el fin del siglo VIII llegó al trono bizantino una mujer, la emperatriz Irene, hecho que se consideró en Roma como que el título imperial estaba vacante. En la Navidad del año 800 se produce la coronación en Roma de Carlos, por el papa León III. El título imperial ratificaba una realidad, él era el máximo poder en lo terrenal y en lo espiritual, por encima del Papa, el garante de la “República de San Pedro”.
Los inmensos territorios conquistados, así como la velocidad de incorporación al reino exigían un rígido control. Fue el clero el que cubrió los cuadros administrativos y el que dio cuerpo a la esquelética burocracia, aportando la nunca perdida herencia romana. El territorio estaba dividido en condados donde el conde ejercía el poder político, económico y judicial; las zonas de fronteras, “marcas”, eran regidas por el marqués, título de mayor contenido militar. Todos ellos debían rendir cuentas directamente al rey y a sus agentes, los “missi dominici”, inspectores reales que se encargaban del cumplimiento del mandato real. Mandato que se concentraba en las Asambleas que reunían toda la grandeza del reino, y desde donde emanaban las leyes reales, las “Capitulares”. Pero el rey contaba con un arma de sumisión mucho mayor, el juramento de fidelidad, juramento que realizaban todos los varones del imperio mayores de doce años, e implicaba la sumisión sin reservas a la voluntad del rey. El vasallaje será otro elemento de gran importancia para la estructuración de esta sociedad agraria y aristocrática; así como, las inmunidades que recibían los grandes del reino por sus servicios. Estos elementos suponen la conformación de un protofeudalismo que forma una sólida estructura sociopolítica para el reino, cuya fuerza se demuestra por su pervivencia más allá del Imperio Carolingio.
Carlos el Magno fue un iluminado que conquistó y unificó Europa, pero ahí se quedó todo, su mentalidad franca se impuso a la imperial, ya que a su muerte, año 814, repartió el imperio entre sus hijos, desbaratando su propia obra que sólo la casualidad mantuvo en pie, al sobrevivir solamente Luís el Piadoso, el desmembramiento quedaba aplazado hasta la próxima herencia. Si el año 843 con el Tratado de Verdún supone la destrucción territorial del Imperio Carolingio, no lo será la ficción de su idea que recogida años más tarde por los otones será continuada con inusitada longevidad.
A pesar de las ideas visionarias que siempre se han intentado asociar a la política de Carlomagno, la realidad histórica demuestra otra cosa distinta, ni visión ni proyecto preconcebido, sólo un portentoso monarca cuyas excelsas conquistas y su ferviente fe evangelizadora le convirtieron en un elegido para pueblo cristiano occidental.

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Puede considerarse a Carlomagno como un hijo ilegítimo, pues no se sabe con certeza la fecha de su nacimiento, pero de cualquier manera anterior al matrimonio de Bertrada y Pipino que tuvo lugar en el año 749.
Cuando uno lee la biografía de Carlomagno se da cuenta que fue el rey más influyente en Europa durante la Edad Media.
En relación a la coronación de Carlomagno por el Papa indicar que, el día de Navidad del año 800, Carlomagno se arrodilló para orar en la basílica de San Pedro en Roma. El papa León III colocó sobre su cabeza una corona y la gente reunida en la iglesia le aclamó como el gran y pacífico emperador de los romanos.
El biógrafo de Carlomagno, Eginardo, relata que el rey quedó sorprendido por esta coronación y que si él hubiera sabido con antelación lo que en realidad ocurrió no habría entrado en la iglesia aquel día.
Carlomagno es importante no sólo por el número de sus victorias y la dimensión de su Imperio, sino también por la espacial combinación de tradición e innovación.