Es cierto que a determinados inventos no se les ha atribuido la importancia que merecen hasta que no se les ha logrado encontrar aplicación; este es el caso del hallazgo de Martin David Kamen a quien debemos, en 1947, el descubrimiento del carbono 14.
Dicho invención fue aprovechada por el señor Willard Frank Libby quien lo empleó para la obtención de la datación de materias; aplicación que le concederÃa el honor de recibir el premio Nobel de quÃmica en 1960 cuyo enunciado reza que “los vegetales absorben dióxido de carbono en el transcurso de la fotosÃntesis, de manera que los átomos de carbono procedentes del gas penetran en las moléculas de los tejidos vegetales”; en dicho proceso, “dichos vegetales deben incluir una mÃnima cantidad de carbono 14 ya que siempre está presente en el dióxido de carbono de la atmósfera”.
Dicha aplicación ha revolucionado el mundo de la ciencia hace posible calcular la edad de cualquier pieza arqueológica, fósil, yacimientos o la de la Tierra misma; este invento abandera el sistema de medición del tiempo transcurrido desde que se fabricaron las piezas, desde que murió la planta o animal que luego quedó en forma de fósil, desde que se depositaron los minerales en un yacimiento o desde que nació la Tierra misma respectivamente.
El método se basa en el hecho de que cuando un vegetal muere deja de absorber carbono 14 y de que el que tiene en ese momento sufre un lentÃsimo proceso de desintegración que no será reemplazado; a partir de este enunciado entendemos que es posible calcular la cantidad de tiempo transcurrida desde que murió el organismo una vez se ha podido determinar la concentración de carbono 14 en los restos vegetales que vivieron en otro tiempo, y lo increÃble es que se ha logrado con sorprendente exactitud.
La explicación la encontramos en que el decaimiento radiactivo que sufre la materia se produce de una forma constante a través del tiempo, en ocasiones con una vida media relativamente corta, como la del carbono-14, de menos de 6.000 años, y en otras con vidas extremadamente largas, como la del uranio-238, de 4.500.000.000 de años. La vida media de cada radisótopo es una constante y se mantiene invariable a través del tiempo.
Para poder encontrar el dato cronológico deseado es indispensable conocer, en primer lugar, la concentración del material radiactivo cuando se inició el proceso cuya edad se desea estimar y, por otro lado, conocer esa concentración de material radiactivo en el momento actual. La solución se ha encontrado en el empleo de la vida media del isótopo ya que a partir del mismo es posible calcular el tiempo transcurrido. Quizás el problema principal en la aplicación de estas técnicas sea conocer la concentración inicial del material radiactivo.
Para ello el estudioso es consciente de que cuanto mayor sea la vida media de un radisótopo mayor es su utilidad a la hora de estimar edades de piezas o acontecimientos más antiguos; es por ello por lo que los radisótopos que se utilizan más a menudo para este propósito son el carbono-14, el uranio-238, uranio-235, torio-232, rubidio-87 y potasio-40.
Este meticuloso proceso contempla que los neutrones producidos por la radiación cósmica reaccionan con el nitrógeno de la atmósfera a elevadas altitudes sobre la superficie de la Tierra y forman el isótopo radiactivo carbono-14. Este carbono, a su vez, reacciona con el oxÃgeno de la atmósfera para formar el bióxido de carbono – 14, el cual se mezcla de una forma uniforme con el bióxido de carbono existente en la atmósfera.
El hecho demostrado de que las plantas utilizan y asimilan el bióxido de carbono-14 mezclado con el bióxido de carbono normal nos muestra que cualquier materia también lo posee. Y es que la proporción de radiactividad del carbono-14 en cualquier fracción de materia orgánica da asà una medida del tiempo transcurrido desde que dejó de existir como materia viviente. En el momento de la muerte del ser viviente deja de asimilar carbono-14 y éste sufre un proceso de decaimiento radiactivo; es decir, que cuanto menos carbono-14 posee una pieza más antigüedad posee.
Ciertamente, el tanto por ciento de esta presencia es mÃnima, se dirÃa que casi ridÃcula pero, a su vez, la concentración es determinante al ser posible ser detectado a partir de las partÃculas beta que libera en el proceso.
Pero como todos los inventos no son perfectos desde los orÃgenes de su invención en esta ocasión también debemos hablar en este descubrimiento de la existencia de una errata, de una pega y es que la vida media de este isótopo radiactivo es relativamente corta y varias dificultades técnicas hacen que este “reloj” sea preciso exclusivamente para tiempos inferiores a sesenta mil años.
El incalculable valor de la posterior proyección del método de datación del carbono-14 en diversos campos de la ciencia abrió un importante abanico de posibilidades; seguramente sea su aplicación en la rama de la arqueologÃa la más rentable al facilitar dataciones de piezas de madera, pergaminos, tejidos… de una edad incalculable con un margen de hasta 45000 años de antigüedad.
Una de las controversias más importantes existentes en la Actualidad está relacionada con dicha datación; y es que el famoso caso de la SÃndone nos ofrece el marco de la duda de su veracidad a pesar del proceso de datación mediante el carbono-14 al que se ha visto sometida un trozo de la Sábana Santa. En dicho análisis se analizó un trozo de ésta, de unos diez centÃmetros de largo por uno de ancho, que se dividió en tres partes. El estudio mediante C-14 contó con la colaboración de un microbiólogo de la Universidad de Texas, el señor Stephen Mattingly quien descubrió que el trozo extirpado de la SÃndone estaba altamente contaminado por bacterias y hongos. La conclusión de dicho estudioso afirmaba que “dicha alteración era suficiente para provocar un error en una datación como la efectuada por los laboratorios de Oxford, Arizona y ZurcÔ. Tras este descubrimiento otros investigadores se sumarÃan al dictamen argumentando, además, que las pruebas del C-14 resultan inadecuadas para datar lienzos de lino.
Como podemos comprobar no hay invento absolutamente perfecto aunque , como en este caso, ralle la perfección.

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