La clave de una de las naciones más poderosas de la Historia, como es Gran Bretaña, la encontramos en el cuestionado ejercicio del Imperialismo.
A raíz de esta revelación es inevitable hablar de la grandeza de una potencia amparada en el monopolio, la esclavitud, la dependencia… estados refugiados en argumentos como el honor nacional, el prestigio político, la misión civilizadora o evangelizadora que, por entonces, solían predominar. Como principal consecuencia del ejercicio de esta expansión colonial, esta gran nación ha ido despuntando durante siglos con respecto al resto de Europa e incluso de EEUU.
El punto de partida lo encontramos en el año 1873 cuando se produce una significativa crisis en Europa que, exceptuando a Gran Bretaña, lleva a la mayoría de las naciones a adoptar una política proteccionista. Las crisis de superproducción, la oleada proteccionista que cerraba los mercados europeos y la competencia alemana y norteamericana reorientan la política colonialista inglesa hacia la conquista del mundo asegurándose las rutas marítimas y las zonas neurálgicas del mundo; sin la existencia de países competidores no es de extrañar que sin problemas enarbolara la hegemonía marítima y económica frente al resto de las potencias.
Los principales estímulos imperialistas como era la obtención de materias primas, inversión de capitales, superpoblación demográfica… además de otros factores de importancia como la resolución de las preocupaciones geoestratégicas o la consolidación de la nación (la gloria, el poder y el prestigio) frente al resto del mundo; encontraron en África y Asia los escenarios tan anhelados.
El reparto económico del mundo entre grupos monopolísticos y el reparto político entre las grandes potencias constituyeron evidentemente fenómenos completamente distintos a pesar de que la conexión entre ambos es innegable. Lo cierto es que, durante la primera mitad del siglo XIX, el Imperialismo colonial inglés no contó con rival alguno pero en menos de treinta años (motivada de nuevo por otra crisis, la de 1882) la fiebre colonial llegó a todos los confines de Europa y del resto del mundo. Es a partir de este momento cuando otras naciones, como es el ejemplo de Francia o Alemania, comenzaron a extender su influencia sobre otros dominios en el continente africano y asiático participando también del reparto del Planeta.
A principios del siglo XX, se hablaba de Gran Bretaña como un verdadero imperio ya que reunía un dominio colonial de 33 millones de kilómetros cuadrados y 405 millones de habitantes, es decir, el imperio más extenso que el planeta haya conocido. El ejercicio de la administración de un imperio tan extenso necesitaba de un fiel y efectivo sistema que afianzara y madurara el poderío territorial y económico inglés; concretamente cinco fueron los sistemas empleados para la gestión de las colonias, en primer lugar, los puertos de escala aseguraban su domino de las rutas marítimas y conquistadas en su mayoría a españoles, franceses y holandeses (Malta, Corfú e Islas Jónicas en el Mediterráneo; Gibraltar, El Cabo, Isla Mauricio, Adén y Ceylán en la ruta hacia la India; Singapur y Hong-Kong en la ruta de China). También estaban las factorías comerciales en la costa africana (Sierra Leona y Gambia); las colonias de plantación aseguraban el suministro de productos tropicales de zonas como Antillas, Honduras y Guyana. En los numerosos estudios realizados al respecto todos coinciden en que los dominios eran, sin duda, las principales piezas del Imperio Británico; las llamadas colonias de poblamiento blanco se encontraban en Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda y su función era la de absorber los excedentes de población.
En último lugar nos encontramos con la que denominaremos la joya de la Corona y es que la región de la India resultó ser durante muchos años la mayor colonia de explotación inglesa.
Pero ¿cómo logró hacerse con tal imperio? ¿cuáles fueron las estrategias seguidas para su obtención y manutención? Lo cierto es que hasta finales del siglo XIX el continente africano era casi desconocido ya que las escasas ocupaciones europeas en el continente se limitaban a breves presencias en zonas costeras y desembocaduras de los grandes ríos africanos.
Debemos atribuir a las Sociedades Geográficas y las exploraciones, (véanse las de Brazza y Stanley) la hazaña de introducirse en lo más profundo del continente negro ofreciendo al mundo revelaciones como la geografía de la cuenca del Congo y prodigando historias que estimularán aún más la rivalidad de las potencias coloniales en dicho continente.
La primera zona de expansión colonial se realiza sobre el área mediterránea a raíz de la apertura del canal de Suez (1869) desde el primer momento en que queda abierta la ruta hacia la India y China. Este hecho, junto a la decadencia turca, despertará la eterna rivalidad entre Francia y Gran Bretaña por el dominio del Magreb, región perfectamente dibujada en el juego de intereses de ambas potencias.
El fervoroso deseo de Gran Bretaña por el dominio de Egipto, el control del Mediterráneo Oriental y la ruta de la India a través del Mar Rojo, para más tarde, crear un Imperio en África Oriental, desde El Cairo hasta El Cabo (también llamado el “imperio vertical”) chocó con el proyecto de hacerse con el principal foco de atracción para la emigración francesa e italiana: Túnez. La entrada de Italia en el conflicto y el resolutivo apoyo británico a Francia pone fin al conflicto franco-británico por el dominio del canal de Suez y pone en manos inglesas una de las regiones estratégicas más significativas de la época.
Ya en 1861, los ingleses dominaban el puerto nigeriano de Lagos y poseían relaciones comerciales con el interior del país. Otras colonias como Sierra Leona, principal fuente para el comercio de esclavos, también era, por entonces, colonia británica cuando la imperiosa necesidad por mantener la política de equilibrio europeo (arbitrada por la diplomacia del canciller alemán Bismarck) convocó a las naciones interesadas para la firma de una serie de tratados que oficializaban la explotación colonial por parte de las distintas potencias. En el caso británico se realizó primero a través de grandes compañías comerciales, y posteriormente, por el dominio directo de la metrópoli. Sería a partir de esta Conferencia de Berlín, en 1885, cuando se reconociese el territorio de Nigeria como zona de influencia británica, lo que permitió que, en 1914, se constituyera el Protectorado y la colonia británica de Nigeria.
El poderío británico avalaba cada expedición, cada gestión… sobre las zonas que en breve se convertirían en colonias inglesas pero no todo fue coser y cantar ya que en tan ambiciosa empresa sobre el continente africano se toparon y tuvieron que hacer frente a algún que otro obstáculo de entre el que destacamos la revuelta protagonizada por los bóers. Por este término se conocen a los antiguos colonos holandeses asentados en África del Sur desde el siglo XVII y a quienes se les encargó la expansión colonial hacia el norte del río Orange. El hecho de que se descubriesen importantes yacimientos de oro y diamantes en la zona de Transvaal durante 1886, provocó una avalancha de aventureros ingleses y una empedernida lucha por los derechos de explotación que enfrentarán británicos y bóers (1898) finalizando con el Tratado de Vereenigning (1902) por el cual se incorporaban Orange y Transvaal al Imperio británico.
Con la apertura del canal de Suez (1869) se abría una exclusiva ruta hacia Extremo Oriente, el hecho no fue despreciado por los ingleses sino todo lo contrario ya que fue empleada para afianzar el marco de influencia británico sobre el continente asiático. La colonización allí fue muy parecida a la africana aunque sí que debemos destacar alguna que otra diferencia. ¿Semejanzas? También aquí fueron las factorías comerciales las encargadas de adentrarse en el terreno y abrir paso (véase el caso de East Indian Company en India) y tampoco se salvarían de algún que otro importante enfrentamiento con las poblaciones autóctonas (véase el caso de la primera Guerra de Opio (1839-1842) en China entre comerciantes chinos y británicos).
La diferencia más denotada es que, al contrario de la colonización de África, en el continente asiático intervienen potencias no europeas como son el caso de Rusia, Japón, Estados Unidos, Filipinas y China. Además, estas potencias participantes no perseguían el control efectivo del territorio, sino más bien financiero y económico por lo que destacaba el sistema de Protectorado como la forma de administración colonial más difundida.
Sin lugar a dudas, la pieza clave del imperialismo británico fue la colonia india. Con sus 5 millones de kilómetros cuadrados y una población cercana a los 300 millones de habitantes constituía un mercado muy importante para los productos británicos, al mismo tiempo que suministraba a Gran Bretaña materias primas como algodón, té, yute y aceite. La presencia inglesa en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana provocando un cruento enfrentamiento entre las costumbres inglesas y las tradicionales indias. Lo cierto es que el nacionalismo hindú siempre estuvo latente como se puede comprobar a partir del nacimiento del partido nacionalista: el Partido del Congreso, dirigido por intelectuales hindúes formados en universidades anglosajonas y que se orientó hacia posiciones moderadas (1885). Los intentos fueron en vano ya que Gran Bretaña no tenía ninguna intención de conceder la autonomía a un territorio que era simplemente vital para la economía inglesa.
Indochina es una de las últimas y más remotas paradas en busca de mercados donde invertir capitales. Desde el siglo XVII Gran Bretaña empieza a tener presencia en un imperio chino venido a menos gobernado por la dinastía Ching. Lo que en un principio fue una presencia ampliamente inglesa poco a poco se fue convirtiendo en una presencia más ante la avalancha de otras presencias extranjeras que pugnaron su influencia en la región hasta lograr, entre 1895 y 1906, la división del Imperio Chino en cuatro zonas de influencia: Francia controlaría el área Sudeste; Alemania la región de Shandong; Gran Bretaña la cuenca del Yangi y Rusia el Nordeste. También Estados Unidos se beneficiaría de esta apertura comercial pero lo cierto es que la estela imperialista de los británicos apenas se quebraría pasando a la historia como uno de los imperios más grandiosos.

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