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Aviones: El dominio del cielo

Aviones: El dominio del cielo

Desde la antigüedad los hombres soñaron en multitud de ocasiones con surcar los cielos pero este privilegio parecía corresponder únicamente a las aves.

Numerosos intentos fallidos precederían a los primeros inventos voladores tripulados que resultarían una auténtica revolución en nuestra Historia. Recordemos al lector de MundoHistoria que los inventos son el producto de un intenso trabajo a partir de elementos ya conocidos que, utilizados de manera determinada, dan origen a un nuevo uso.

La fascinación del hombre por cumplir este sueño empujó a dos hermanos, Montgolfier, a inventar un vehículo volador que constaba de un globo enorme (con 11 metros de diámetro y un peso de 226 Kilogramos aproximadamente) fabricado a partir de lino y forrado de papel. Mediante un dispensador de fuego que calentaba el aire, el artefacto era capaz de elevarse como consecuencia de la fuerza ejercida por el propio aire de abajo hacia arriba (principio de Arquímedes).

Con el paso del tiempo y un mayor conocimiento del medio, se mejoraría la idea inicial y surgirían nuevos modelos como los dirigibles o los “zeppelines”. Fueron los alemanes quienes desarrollaron este otro tipo de naves: globos metálicos que contaban con un motor que permitía dirigirlos y no dejarlos a merced del viento como ocurría con sus antecesores.

Fueron estas dos experiencias las que convencieron a las autoridades que estaban frente a un invento que, bien desarrollado, podía constituir una eficaz solución de transporte y se ha podido constatar como era muy común ver, a principios del siglo XX, como la clase adinerada se valía de este medio para realizar distintos viajes.

Con respecto a la paternidad del primer avión existen distintas versiones que abrieron una gran polémica. En Estados Unidos, la progenitura absoluta se le da a los hermanos Wright, mientras que los brasileños indignados por la injusticia histórica, atribuyen el primer vuelo en uno de estos aparatos a Alberto Santos Dumont, un brasileño afincado en París de quien se sabe que fue muy popular tanto por sus hazañas amorosas como por sus peligrosas incursiones aéreas. Un tercer caso de paternidad lo encontramos en la otra punta del globo, Nueva Zelanda, donde también se redime a uno de sus ciudadanos como el inventor del avión. Se dice que Richard Pearse pilotó, unos meses antes que los estadounidenses, un monoplano de bambú sobre los abundantes pastos de su granja, antes de estrellarse abruptamente contra un seto.

Si de patrimonio se trata, sería muy difícil saber exactamente quiénes se llevan los lauros pero lo verdaderamente cierto es que es a los hermanos Wright a quienes la Historia les ha otorgado todo el crédito como pioneros de la aviación. Los Wright han pasado a la historia como los inventores del primer avión; basándose en sus conocimientos sobre la navegación aérea a partir de los vuelos en globo y de los estudios hincados en los últimos años del siglo XIX sobre el motor de combustión interna, fueron capaz de elevar un aparato que era más pesado que el aire el 17 de diciembre de 1903. Pero, dejando de un lado la controversia, no debemos dudar que todos ellos fueron hombres extraordinarios, visionarios de un futuro inimaginable en su época, y que merecen un lugar preponderante en la historia de la aviación.

Una vez alzado el vuelo empiezan a construirse los primeros modelos como es el biplano, una máquina movida por fuerza propia, tenía alas fijas, volaba con un solo pasajero y era capaz de viajar sin perder velocidad. No fue hasta muchos años después cuando se empezaría a dar más importancia a este medio de transporte que hasta entonces se había empleado mayormente para el traslado de correspondencia.

La invención y al aplicación de estos artefactos estuvo íntimamente ligado a la guerra, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial creó la necesidad de aplicar este invento a fines militares y los gobiernos dedicaron muchos recursos a la investigación y al desarrollo de los aviones.

Pero ¿Cómo despega un avión del suelo? A partir de unos motores de gran potencia consigue la fuerza para rodar por una pista, recorrido que le hará ir cogiendo velocidad hasta lograr que la cola se levante un poquito; el piloto se encargará de levantar con sus mandos la nariz del avión. Es curioso ya que el aparato sube al mismo tiempo que el viento que corre por debajo de él.

¿Y cómo se mantiene en el aire? La respuesta es fácil ya que debemos saber que las alas del avión son curvas en su extremo de forma que el aire que pasa por sobre ellas se mueve más rápido que el aire que pasa por debajo. Éste aire de abajo es más lento, pero más poderoso ya que empuja hacia arriba, contra las alas y eleva al avión para mantenerlo en el aire. Es lo que los científicos definen como “efecto de la resistencia del aire a ciertas superficies rígidas”.

Entre los primeros aviones estuvo el Armstrong - Withworth Argosy que a pesar de su reducida autonomía de vuelo era capaz de transportar a una persona a una velocidad de 153 Km/h.

Ya en 1936 las compañías aéreas inglesas empezaron a recibir los hidroaviones Short Empire los cuales habían alcanzado una autonomía de vuelo de 1.300 kilómetros y que podían conseguir que vuelos en los que se hacía con alta periodicidad entre Inglaterra y sus colonias en Arica y Asia, se hicieran a mitad de tiempo llegándose incluso a hacer el trayecto en tan solo 4 días.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial sería uno de los factores que acelerarían las investigaciones aéreas. En Estados Unidos comenzaron a operar los DC3, algunos de los cuales aún pueden volar, se desarrollaron los motores de reacción y se avanzó en los aviones de transporte.

Más tarde se inventaron los aviones a chorro, siendo los de mayor éxito los Boeing 707 los cuales, aún en la actualidad, se siguen empleando junto a otros modelos como los Jumbo y el Concorde, de fabricación anglofrancesa (el cual ha caído en desuso por sus constantes fallos).

Gracias a las últimas investigaciones, los aviones a reacción pueden atravesar grandes distancias y a una velocidad casi imposible, pero hay aviones mucho más rápidos impulsados por cohetes que superan facilmente la velocidad del sonido.

Para las últimas generaciones, una historia como “viaje al mundo en 80 días” suena verdaderamente a cuento ya que los reducidos espacios de tiempo en que un hombre puede dar la vuelta al mundo y los récords que se van consiguiendo convierte esta expresión en una simple fantasía.

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...por Carolina Fontanals ...por Carolina Fontanals


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