Lewis Carroll, autor de “Alicia en el PaÃs de las Maravillas”, era de profesión matemático. Se cuenta que cuando la Reina Victoria leyó el libro, quedó tan fascinada por su fantasÃa y espÃritu, que mandó traer todas las obras del autor… sólo para encontrarse con textos de tÃtulos tales como “Syllabus de álgebra geométrica elemental”, “Euclides y sus rivales modernos”, “Curiosa matemática” (bueno, seamos justos, los dos últimos son posteriores a “Alicia en el PaÃs de las Maravillas”, pero dan una idea). Y como “Alicia en el PaÃs de las Maravillas” es un despiporre de imaginación, pero guiada por una lógica estricta, no es coincidencia que la idea de “lo relativo” esté muy incrustada dentro de la obra. Al fin y al cabo, como todo buen lógico sabe, el valor de las afirmaciones depende en mucho de las premisas a partir de las cuales se parte, y éstas son… relativas, justamente.
Ya de entrada, la novela parte con Alicia cayendo en un profundo pozo. ¿Y qué escribe Carroll acá? “Sea porque el pozo era en verdad muy profundo, sea porque en realidad estaba cayendo muy despacio”… La caÃda de Alicia es larguÃsima, e interesantemente, Carroll pone en entredicho el por qué de ello. En la época de Carroll, la ciencia basada en la Mecánica Newtoniana afirmaba que existÃa un espacio y un tiempo absolutos, y por lo tanto, hubiera sido posible determinar una cosa u otra (el pozo es muy largo, o Alicia caÃa a baja velocidad). El escenario que describe Carroll, en que una caÃda libre es equivalente a una situación de ingravidez, en términos de percepción del espectador, se anticipa asà en nada menos que cuatro décadas al brillante descubrimiento de Albert Einstein: toda magnitud es relativa al punto de vista del observador. Desde la perspectiva de Alicia, en efecto, es imposible distinguir si el pozo es demasiado largo o la velocidad de caÃda es demasiado lenta, ya que Alicia carece de un punto de referencia al que amarrarse, exactamente igual como en la TeorÃa de la Relatividad debes siempre decir que un objeto se mueve a tal o cual velocidad, a partir de otro sistema de referencia adicional.
Más adelante, Alicia experimenta una serie de cambios de tamaño. Mientras es una gigante, la desesperación la lleva a llorar, pero después, a consecuencias de comer lo que no debe, Alicia acaba reducida de tamaño, y termina sumergida en un charco de agua salada. Y entonces…: “pronto dedujo que donde estaba en realidad era en el charco de lágrimas que se habÃa formado con tantos lagrimones como habÃa vertido cuando tenÃa nueve pies de altura”. Y se dice a sà misma: “Supongo que ahora sufriré el castigo que me merezco por haberlo dicho ¡ahogándome en mis propias lágrmias! ¡Eso sà que será una paradoja!”.
Dejaremos para otra ocasión cómo en el PaÃs de las Maravillas el tiempo corre como se le pega la regalada gana, y terminaremos con otro ejemplo de relatividad, en la conversación entre Alicia y la Oruga. Luego de una conversación sin sentido que no conduce a ninguna parte (seguro que la Oruga fue a la Escuela LingüÃstica Martin Heidegger), se produce el siguiente diálogo:
– ¿Estás satisfecha con tu tamaño actual?– preguntó la Oruga.
– Pues, verá usted, señor– respondió Alicia –si no le importa, me gustarÃa ser un poco más alta, porque sólo con tres pugadas ¡cualquiera se siente tan desgraciada…!
– ¡Pues yo dirÃa que es una estatura muy afortunada!– dijo la Oruga furiosa, irguiéndose cuan larga era (tenÃa exactamente tres pulgadas de altura)…
– ¡Pero es que yo no acostumbro a tener tres pulgadas! (…)
– Ya te irás acostumbrando– sentenció la Oruga…
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