No es sólo el Estado el que contribuye con la permanente zozobra, aunque es el más responsable por su inmenso poder; el caraqueño es también culpable de este padecer que no parece tener solución. Son pocos los ciudadanos que no irrespetan las normas que exigen las leyes, y son más los que no practican las virtudes del habitante de lo urbano: la urbanidad. Existe un estado de anomia en Caracas donde las mayorías son victimas de su propia conducta, creyendo que la misma es su salvación en medio del caos. Es una mezcla de tradición exaltadora del “vivo”, del que cree que se las sabe todas (aplaudido por la generalidad); del sálvese quien pueda (no hay nada que hacer); y del pésimo ejemplo de un gobierno cuya forma de relacionarse con los gobernados (no son ciudadanos) es el clientelismo y la hipocresía más descarada. Algunos han planteado que existen pequeñas islas de excelencia y urbanidad (yo lo creo), y que las mismas deben extenderse poco a poco al resto. Sinceramente, no me queda claro si esto es posible sin una política del Estado junto al sector privado y las comunidades, que estimule el cambio. Pueden seguir siendo islas, u oasis, incapaces de cambiar la realidad desértica. La próxima vez que usted se quede atravesado en un semáforo, se coma la luz, maneje a altas velocidades y/o por el hombrillo, bote basura en la calle, y abuse de los demás; piense que usted es el único culpable por ser el ejemplo de lo que tanto odiamos.
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...por Redacción
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