Los primeros testimonios de cultivo de cereales en un territorio muy próximo a Gijón y la constancia de los primeros poblados fortificados demarcan el período de casi cuatro milenios -entre el 4.5000 y el 1.000-800 antes de Cristo- del que se ocupa el catedrático de Prehistoria de la Universidad de Oviedo Miguel Ángel de Blas, en el primer volumen de la «Historia de Gijón» que publicará LA NUEVA ESPAÑA a un precio de 5,95 euros cada tomo. Un período que el propio investigador rotuló como «Prehistoria reciente» y cuyo rasgo principal es la aparición «de una economía que establece una relación completamente nueva entre el hombre y el medio natural».
-¿Qué tipo de economía y qué tipo de relación?
-El período del que hablo se inicia con la primera intuición de sociedades campesinas, grupos que desarrollan una economía productiva; no una mera economía pasiva de depredación, sino una economía activa. Hasta ese momento bandas y grupos practicaban la caza y la recolección, una relación de toma racional, y podemos decir que sensata, de lo que la Naturaleza les ofrecía de manera espontánea. La gran diferencia es que el alimento deja de basarse en eso y procede de nuevas técnicas: se empieza a roturar los campos, a luchar contra el bosque, el gran enemigo; se empieza a clarear el paisaje, abriendo espacios en los que poder cultivar, fundamentalmente, cereal. Paralelamente, se desarrolla el pastoreo, en Asturias no bien documentado, pero que podemos suponer basado en el binomio oveja-cabra, el cerdo y quizás el bovino. Es un ciclo en el que el hombre trata de asegurar una dieta de cereales complementada por lo que podemos llamar una «carne segura» frente a la «carne posible» de la depredación. Y en ese intento, entabla una nueva relación con la Naturaleza, que empieza a depender del hombre en los ciclos de ciertas especies vegetales.
-¿Hasta qué punto eso implica también un cambio de mentalidad?
-De modo radical. Es una verdadera revolución en términos intelectuales, morales, psicológicos, políticos e incluso religiosos. El campesino empieza a mirar al cielo, del que depende todo, y también aprende a mirar hacia el suelo, a distinguir sus tipos, a saber los que son fértiles o pobres, encharcados o secos? Aquí empieza también la maldición bíblica del trabajo; un trabajo social que se hace necesario para clarear el bosque y conseguir cultivos y pastos con técnicas como la de incendiarlo. El grupo aprende a trabajar conjuntamente, de modo que todo el mundo se beneficie del esfuerzo.
-Y a segregarse de otros grupos?
-Sí, esa novedad es de tipo político y territorial. Al pasar de la movilidad al control progresivo de la riqueza de un territorio, se produce una percepción del paisaje natural ya intervenido que se marca con los primeros delimitadores, anotaciones de propiedad que advierten que no es ya un territorio libre. Eso hace que aparezcan las primeras tensiones, los enfrentamientos por los territorios mejores y, en definitiva, una primera ocupación sistemática de nuestra geografía.
-¿Hasta qué punto hay datos específicos sobre el territorio gijonés?
-Evidentemente, éste es un proceso que sólo se puede explicar tomando en cuenta espacios más amplios que el espacio tan reducido de Gijón, pero propongo una interpretación del territorio gijonés: un paisaje con recursos múltiples de explotación simultánea que permitiría una cierta comodidad en cuanto a la seguridad de recursos. Es muy posible que estas comunidades agropecuarias tuvieran una base de alimentación importante en el mar y en los recursos litorales: pesca, mariscos, recursos imaginables en la bahía y los pequeños ríos y riachuelos que bajaban desde las sierras prelitorales. El de Gijón era un paisaje de inundación, con muchos esteros y marismas en los que también podían obtenerse especies avícolas y otros recursos.
-¿Y en el resto del territorio?
-Muy cerca, y en contacto con eso, hay suelos cuaternarios bastante ricos en nutrientes naturales que es fácil asociar con los posteriores asentamientos agrícolas de las grandes villas romanas, como Veranes o Murias de Beloño. Y aún más atrás, en las sierras de Deva, Peón, Rioseco, Monte Areo, se daban la caza, el pastoreo, la recolección y la obtención de recursos fundamentales, como la madera, utilizada como leña y para edificaciones, recintos para ganado, cercados? En conjunto, todo ese territorio abría un espectro de posibilidades económicas que se aprovechó para convertirlo en un espacio habitable con relativo confort.
-Y con un afán por perdurar, a juzgar por testimonios monumentales?
-Son los que sustancian la huella de estas gentes. Los túmulos o dólmenes apuntan, por un lado, a la existencia de tumbas o panteones colectivos o individuales de miembros notables del grupo. En otros casos, tenemos la sensación de que sepultan en lugares donde se desarrollaron previamente actividades rituales, muy importantes para el grupo, a modo de una memoria de lo acontecido. Es una cuestión trascendente, porque significa una voluntad de permanencia y una inversión del trabajo social que da idea de la existencia de grupos de muchos individuos capaces de cooperación intergrupal en un esfuerzo colectivo. Los restos de Deva o del Monte Areo contrastan con la arquitectura de lo cotidiano, un empeño constructivo discreto del que no queda nada, mientras que el significado más incuestionable de túmulos y dólmenes es que están diciendo «aquí estamos» con un concepto de la monumentalidad y un esfuerzo colectivo que no se orienta a la rentabilidad inmediata, sino a la intelectual, política y a usos de demarcación territorial, un interés por delimitar lo que es de cada cual.
«Los restos de Deva o del Monte Areo contrastan con la arquitectura de lo cotidiano, un empeño constructivo discreto del que no queda nada».
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